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En Cabanes, Castellón

 (Foto: Jordi Juárez)
(Foto: Jordi Juárez)

Herradero en Manolo Beltrán

 (Foto: Jordi Juárez)
(Foto: Jordi Juárez)

La localidad de Cabanes es una de las poblaciones castellonenses que puede presumir de un entorno natural único. Además de estar bañada por el Mar Mediterráneo, se enclava entre los parques naturales del Prat Cabanes-Torreblanca y el Desierto de Las Palmas, dos de los paisajes montañosos más ricos del norte de la provincia de Castellón. En este paraje que armoniza costa e interior pasta desde hace más de treinta años la ganadería de Manolo Beltrán, que este pasado lunes día 10 realizó su ya tradicional herradero que cada año se convierte en todo un acontecimiento social y taurino.

Un total de 42 añojos -24 hembras y 18 machos- fueron marcados a fuego durante toda una mañana de agradable temperatura. Aunque algunos de los animales fueron derribados a brazo a la antigua usanza, la mayor parte de la labor fue realizada en el mueco por los torileros y personal de la plaza de toros de Castellón, que no faltan cada año a una cita en la que viven con pasión esta labor campera.

Entre los aficionados al mundo del toro no faltaron a la cita los matadores de toros Soler Lázaro y Pepe Luis Ramírez, el ex director de la Escuela Taurina Rufino Milián, el torero de plata y actual mayoral de la ganadería Pepe Infantes, el ganadero Daniel Ramos, el diputado de la Escuela Taurina José Pons, los presidentes de la plaza de toros Vicente Arrufat, José María Gracia y Vicente Oliver; el ex presidente de la Diputación Carlos Fabra; Víctor Arandes, presidente del Casino Antiguo. Y siguió fiel a su cita el pintor Ripollés, aficionado de pro y gran amigo del ganadero. Ripo dejó sellada su amistad con Manolo Beltrán pintando un mural de grandes extensiones que preside la terraza del cortijo en el que el toro y la mujer, son los grandes protagonistas. Una obra de arte que revaloriza sin duda la finca del Mas del Coc, donde perdurará de por vida.

Manolo Rico, de El Cortijo, el restaurador que sigue fiel a su cita después de treinta años, con atención y muy buena mano preparó el almuerzo y comida para todos los presentes. A las diez de la mañana se cogieron fuerzas con un guisado de manos de cerdo, otro de sardina y langostinos, además de embutido a la brasa. Y para comer, arroz y fideuá al estilo castellonense.

Mientras se disfrutaba de la fiesta, no muy lejos, en un cercado donde la hierba era incapaz de tapar el rocoso terreno que endurece las pezuñas, unos novillos viven a cuerpo de rey sin saber todavía en qué plaza podrán demostrar su bravura y darle motivos a su ganadero para que siga confiando en su apuesta por el encaste Domecq y en su bohemia lucha de poner su ganadería al servicio de la Fiesta en esta tierra.

 (Foto: Jordi Juárez)
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