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Un siglo de toreo moderno

Un siglo de toreo moderno

El pasado 16 de octubre se cumplieron 103 años del día de la alternativa de Juan Belmonte en Madrid, una maratoniana jornada en la que llegaron a saltar hasta once toros en medio de un sonado escándalo

El público saltó al ruedo para protestar por la escasa presencia de los toros.
El público saltó al ruedo para protestar por la escasa presencia de los toros.

Aquel 16 de octubre de 1913 arrancó definitivamente la Edad de Oro que el trianero protagonizó junto al gran Joselito. Curiosamente, el inicio de la época que transformaría para siempre el toreo llegó con un gran altercado: el que se produjo esa tarde en Madrid por la escasa presencia de la corrida y los altos precios de las entradas. El fiasco fue gordo, pero aún así el Pasmo puso de manifiesto ante el toro que con él terminaba la lidia sobre las piernas para dar paso al toreo sobre los brazos. La bizarra lucha se convertía en el noble arte que hoy conocemos.

Con motivo del centenario de aquel doctorado, la edición en papel de Aplausos publicó el reportaje "Un siglo de toreo moderno" que les presentamos a continuación:

Belmonte llegó al doctorado consagrado como novillero y con el tratamiento de auténtico prodigio. Hasta 6.000 pesetas por corrida llegó a cobrar en algunos de sus últimos festejos en el escalafón novilleril. Jerez, Toledo, Orihuela, Alicante, Va­­lencia, Granada y Sevilla, donde ac­tuó la víspera de la alternativa, fueron al­gunos de los últimos escenarios en los que toreó antes de ingresar en el escalafón superior. Allí le esperaba ya José Gómez Ortega “Joselito”, doctorado un año antes en Sevilla y con quien iba a cambiar para siempre el modo de interpretar la tauromaquia.

El día amaneció fantástico en Madrid. El coso de la carretera de Aragón registró un rebosante lleno al reclamo del trianero. “Alterna Belmonte, el fenómeno, el torero de la emoción y del espanto, Juanito Terremoto, y eso no lo pierde el fiel aficionado, así en esta semana grande se quede sin colchones en el lecho del dolor y tenga que pasar las noches recostado en la fachada recién enjalbegada de las Ca­la­travas”, publica El Imparcial acerca de la expectación que levantó el evento. El cartel lo abría Rafael González “Ma­cha­qui­to”, que ejercería de padrino de la ceremonia, y Rafael Gómez Ortega “El Gallo” con to­ros del Marqués de Guadalest. Sin em­bar­go, los ánimos, de por sí ya caldeados por el notable aumento en el precio de las entradas, se tensaron aún más cuando los veterinarios rechazaron en los corrales por falta de trapío los pupilos del Marqués para sustituirlos por reses de Prudencia Ba­ñue­los, de origen colmenareño y dudosa cas­ta. Finalmente, al ruedo fueron saltando los de Bañuelos, que tampoco presentaban trapío suficiente, y la mayor parte de ellos regresaron por donde salieron ante las airadas protestas del público. ¡Hasta once toros asomaron el morrillo por chiqueros! derivando el enfado del respetable en auténtica ira al comprobar que algunos de los sustitutos eran los mismos de Guadalest rechazados por la mañana.

UN CABREO MONUMENTAL

Don Modesto, uno de los críticos más influyentes de la época, tildó en El Liberal de “bochornoso” el espectáculo, calificándolo como un “vergonzoso desfile de bueyes de carreta” después de exigir al público por las localidades, matizaba, “casi, casi una fortuna”; y agregaba: “Aquí nadie defiende los derechos del público. Parece que todos se juntan para explotarle y burlarse de él”. Asimismo, en su crónica recordaba que ya que la empresa llenó la plaza “a peso de oro”, la misma “estaba obligada, sagradamente obligada, a presentar una corrida de casta con arrobas y con pitones. Toros de lidia. Era lo menos que se le podía pedir”.

En el tercero -que ya era el sexto animal que saltaba al ruedo- se armó la gran escandalera cuando fue condenado a banderillas de fuego por su mansedumbre: “El disgusto justificado del público llega a términos de indignación y de ira; caen sobre el ruedo bastantes almohadillas y, por mandato presidencial, estallan los cohetes con que se castiga a los bueyes indecorosos. Conejillo y Camará actúan de pirotécnicos y con valentía: pero nada calma la furia del público engañado, y muchos espectadores se arrojan al ruedo y se ponen a torear con las chaquetillas, desoyendo las exhortaciones de los toreros y los mandatos de los guardias, que, sable en mano, logran despejar. En la historia de los abusos escandalosos esta corrida ha puesto el mingo”, reflejó entonces la crónica de El Imparcial.

No se queda atrás la narración de ABC sobre el desafortunado suceso: “El público dirige frases durísimas, no sabemos a quién. Los toreros que son los que sufren todo, aguantan una de las ma­yores silbas que registra la historia; caen almohadillas, panecillos y otros ob­jetos y Machaco manda retirar a la gente. El público se arroja a la plaza y nos asusta lo que pueda ocurrir. El público enseña los billetes y pide el dinero; oponiéndose a que la lidia continúe”. El toro fue al corral sin que, afortunadamente, hu­biera desgracias que lamentar, su­biendo Machaquito hasta la presidencia junto a una comisión de aficionados. “La conferencia duró largo rato y el penetrar en la presidencia es imposible, pues alrededor del palco hay un escuadrón de la Guardia Civil. Se da orden de que siga la lidia, y Machaco, por fuerza, por orden del presidente, por no ir a la cárcel, bajó a la plaza” y continuó el festejo.

Cómo sería el enfado del iracundo gentío madrileño que El Tío Caracoles, en Siglo Futuro, aclaró: “Se dijo que el público había quemado la Plaza y arrastrado al empresario, presidente y veterinario, pero no resultó cierto el rumor”.

…PERO FALTABA BELMONTE

Tras acabar Machaquito con los toros tercero y cuarto y El Gallo hacer lo propio con el quinto -en aquella época la costumbre era que el padrino ocupara en la primera mitad del festejo el puesto del alternativado en el cartel y, por tanto, lidiara el tercer toro antes de despachar al cuarto una vez recuperada la antigüedad en la segunda parte del espectáculo-, Belmonte, vestido de salmón y oro y que había tomado la alternativa con el toro “Larguito”, de Olea -jugado como segundo sobrero tras devolverse el titular de Bañuelos y un primer reserva de esa misma ganadería-, dejó entrever en el sexto los cimientos de la tauromaquia del futuro aplacando en parte con su toreo los ánimos de la afición. “Si será grande el poder de este fenómeno que ayer, después de una desesperante corrida de bueyes, con el ánimo echando lumbre, al sentir en la piel la burla que de la afición se estaba haciendo, cuando al público le faltaba poco para estallar como un triquitraque, Belmonte, con un choto, hizo tales cosas toreando de capa y otras tales toreando de muleta, tan estupendas, tan maravillosas, tan enormes, que casi se olvidó el público de la tardecita que había pasado, y rompió a aplaudir, y sus mejillas enrojecieron de alegría y entusiasmo”, plasmó la pluma de Don Modesto, que responde a quienes ponían en duda si aquello mismo sería capaz de hacerlo ante un toro de respeto: “Es lo mismo. Que se haga con un toro, que se haga con un perro o que se haga con un gato. Siempre será estupendamente admirable”.

A lo que Juan realizó con el capote ante aquel sexto, “pongan ustedes todos los adjetivos rimbombantes que quieran. Todos juntos, y unos encima de otros, no darán idea exacta de la hermosísima realidad”, firma el reputado crítico, que añade que después llegó “una faena de muleta que ponía los pelos de punta y la carne de gallina, y que repercutía en el corazón, atropellándose la sangre…”.

También elogia el cronista de El Imparcial la labor del sevillano con capote y muleta ante el sexto: “Se lía con él Belmonte, saca su repertorio exclusivo de verónicas, dejando llegar hasta la misma tirita, despidiendo con la seda, fijos los pies, interesando y asustando al auditorio. Ese es el fenómeno. Hasta ahora lo hallaba frío, apático, indiferente, como fatigado; pero, amigo mío, ahora se destapa y juega con sus cartas, que son cartas de triunfo o de muerte. La ovación estalla frenética”; y agrega: “Trastea de muleta valiente, erguido, torero, temerario, rematando de un modo asombroso los pases naturales y los molinetes. El repertorio no es grande, pero sus papeletas se las sabe como nadie”.

Foto: Entrada del día de la alternativa de Juan Belmonte.

Don Modesto, a pesar del signo que había tomado la tarde, captó como ningún otro informador la trascendencia del toreo de Belmonte y, a modo de resumen, escribió en El Liberal: “¡Ya es matador de toros Juanito Belmonte! De la solemne ceremonia de su doctorado guardará el simpático trianero perdurable memoria. Todos sus mayores enemigos, en apretada piña y sabiamente aconsejados, no le hubieran logrado preparar una ratonera más hábil ni más astuta. Si ayer no cayó Belmonte desde su pedestal y se rompió la frente contra el suelo, fue precisamente por ser fenómeno. Fenómeno en lo suyo, no pretendan ustedes que ahora nos borre Belmonte a Salvador dando estocadas”, en alusión a lo mal que manejó Juan aquella tarde los aceros. “Esa su manera de torear de capa y ese su modo de jugar la muleta, todo ello en lucha franca, cara a cara con el bruto, que le lame cien veces los alamares de la taleguilla, no tiene ni ha tenido igual nunca en la lidia de los toros. Es un asombro; es un caso increíble si no se viera. Es un fenómeno”.

Don Modesto está seguro de encontrarse, a pesar de su truculento estreno como matador de alternativa, ante un milagro de la torería: “Belmonte torea de capa como no ha toreado nadie. Y tanto es así, que los buenos toreros de hoy dicen que, como torea Belmonte, no se puede torear. Que es lo mismo que decir que el trianero torea como no se ha toreado nunca”, sostiene antes de acabar diciendo: “Que habrá otros toreros que entretengan y diviertan más porque son más largos de conocimientos y pueden lucir en cualquier momento de la lidia eso es indudable. Pero torero que toreando de capa y de muleta llegue al fondo del espíritu del espectador y le emocione y le asombre y le estupefacte, eso uno solo. Uno hoy. Juan Belmonte”.

Machaquito, dando la alternativa a Juan Belmonte.
Machaquito, dando la alternativa a Juan Belmonte.
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