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“He aprendido a no ir a pecho descubierto, este mundo me ha ido quitando la inocencia”

A lo largo de dos capítulos, les presentamos el Encuentro que mantuvieron en la ganadería de La Palmosilla, el diestro madrileño y José Luis Benlloch

El Encuentro con López Simón tenía interés periodístico y me apetecía. Quería saber cómo se sentía el torero de Barajas tras el éxito de Cali y sobre todo hasta qué punto el invierno le había servido para serenar el espíritu y repararle de las tensiones de una temporada que se le hizo larga, muy larga o eso parecía desde fuera. Si hubiese que ponerle título periodístico le llamaría Un invierno para el rescate, que a partir especialmente del dichoso Bilbao y aquel paseíllo tormentoso, mucho temo que se le hizo esperar más de la cuenta. Al invierno me refiero.

Hubo rescate invernal, Alberto López Simón se mostró en su mejor versión, él que es hombre de este tiempo dice que reseteado y para ser justos habría que decir que el gran encuentro y el más terapéutico no fue el periodístico exactamente, fue el de Alberto con la vaca Zorzal en La China, en La China de Tarifa se entiende, en la de Javier Núñez: una embistió templada, con ritmo, rozando la ensoñación y el otro la toreó despacioso, sentido, con absoluta complicidad, con unas formas de torero que quiero creer que la presión le escondió la temporada pasada y que en esta pueden ser todo un descubrimiento. Fue una tarde de tentadero de clamores, estando donde estábamos diría que ad hoc: el ganadero, como buen Núñez, clamaba cada muletazo de Alberto; clamaba igualmente Julián, el apoderado, la cuadrilla, los amigos, se contagió el periodista, lo reconozco, lo bueno es que había motivos. López Simón y la vaca Zorzal se entendieron en La China, se liaron, se amaron y la armaron.

“El año pasado de mitad de temporada para adelante se me hizo muy duro. El percance de Víctor me afectó mucho”, me ha dicho a poco de comenzar la entrevista. Así que se lo tenía que preguntar ¿Quiénes han sido los responsables, quiénes han sido los enemigos?... ¿Los empresarios, la prensa…?
-No lo sé. Para qué voy a decir nada si me voy a crear más enemigos.

-Dicen que la pasta anima y ayuda a salir de los momentos difíciles.
-En mí la pasta no es nada que me motive especialmente. Date cuenta que en muchos momentos estaba cobrando un buen dinero y estaba infeliz. O al menos no eran momentos de gran felicidad. En cambio, un año antes no tenía ni para gasolina y era súper feliz.

“La pasta no es nada que me motive especialmente. En muchos momentos estaba cobrando un buen dinero y estaba infeliz. En cambio, un año antes no tenía ni para gasolina y era súper feliz”

-Con esa postura los que van a ser felices son los empresarios.
-Pues quítalo -dice y ríe abiertamente-. Hombre cuando te juegas la vida es justo que cobres un buen dinero por lo menos para dejar una buena herencia si pasa algo. Además es una forma de reconocimiento. Pero a mí, ni creo que a los compañeros, nos mueve el dinero. Hay veces que en la puerta de cuadrillas si te dijesen te vas y no cobras, yo me iría.

Llega relajado al encuentro con el periodista. Y con buen humor. Escucha, se atrinchera detrás de esa media sonrisa que le acompaña siempre a modo de burladero, no creo que sea timidez pero lo parece y parece cómodo. No es de mucho torear en el campo me dice, sólo cuando le apetece que es uno de los síntomas del éxito. No hace tanto tenía que torear cuando le invitaban y no le invitaban todo lo que deseaba ni en los sitios que le convenía, y los tentaderos se dividían entre los que caían lejos, es decir los que le hacían crujir la economía personal con desplazamientos largos y los que pillaban a mano. Ahora no importa, viaja en un auto de lujo, sin que importe si están lejos o cerca, torea cuanto y cuando le apetece, es el nuevo estatus al que no está dispuesto a renunciar. Viene de la playa, ha toreado de salón que para él asegura que es necesidad y hobby a la vez. Me cuenta que se está haciendo una casa en Madrid, a diez minutos de casa de sus padres, con muchos espacios abiertos, lo tiene todo pensado, una casa poco taurina, con pocas cabezas de toro pero con un salón magnífico y amplio para poder torear cómodamente.

-Para cuando me pille inspirado. En ese momento coger los trastos e intentar crear y avanzar. Yo en las épocas en las que emocionalmente estoy bien disfruto toreando de salón y en las etapas en las que estoy un poco bajo me cuesta más, pero me obligo a hacerlo que es otra forma de domar el cuerpo. Otros van al cine, yo me pongo a torear de salón. En ocasiones me limito a mover los trastos y hago cosas totalmente irreales pero me sirven para divertirme y para tener el cuerpo educado y a punto para que cuando le pidas algo o necesites expresarte, responda.

-En cuanto hemos arrancado la charla, incluso en los preámbulos, ha saltado a la palestra en varias ocasiones el tema emocional, ¿es algo que te preocupa mucho o ha sido casualidad?
-Para mí es muy importante. Para mí sí. A medida que pasan los años te vas conociendo más a ti mismo y yo me he dado cuenta que necesito estar feliz, necesito estar a gusto con mi entorno para dar el nivel más alto posible. Cuando interiormente estoy mal, por el motivo que sea, cuando emocionalmente no estoy bien, mi nivel baja un montón. En ese sentido soy muy transparente, me lo nota todo el mundo y los míos aún más. En ese estado no rindo.

“Necesito estar a gusto para dar el nivel más alto posible. Cuando no estoy bien, mi nivel baja un montón. En ese estado no rindo”

-¿Y eres muy vulnerable a los decaimientos o te cubres bien?
-Soy vulnerable. Lo he sido mucho más en tiempos pasados pero lo sigo siendo. Quieras que no el tiempo ayuda frente a esas situaciones. Esta temporada ha sido de mucho aprendizaje.

-¿En qué?
-He aprendido a no ir a pecho descubierto en cualquier situación de la vida. Este mundo, la sociedad y el taurino un poco más, me ha ido quitando la inocencia, sé que no se puede ir por la vida creyendo que todo el mundo es bueno. Ahora, inconscientemente estudio más a la gente y me abro sólo con quien yo quiero abrirme.

-¿Te has dejado algún girón en ese viaje?
-Alguno, alguno.

-¿Y han sido dolorosos?
-He pasado momentos jodidos, bastante duros, pero había que seguir escalando la montaña porque si me detenía esa gente que quería hacerme daño me hubiese vencido. Había que continuar mientras que el cuerpo aguantase para ganar la batalla. Yo me imaginaba que en algún momento habría un rellano donde parar, poder organizarme, tomar aliento y limpiarme por dentro. Y así fue, llegó al final de temporada. Al fin pude poner distancia con mi profesión y me reseteé. Fue decisivo.

“En las épocas en las que emocionalmente estoy bien disfruto toreando de salón y en las etapas en las que estoy un poco bajo me cuesta más pero me obligo a hacerlo, que es otra forma de domar el cuerpo”

-¿Cómo fueron esos momentos de jodidos?
-Pues jodidos. Muy difíciles. Pasa que te vas armando un alboroto en la cabeza poco a poco, sin apenas sentirlo y cuando quieres darte cuenta no sabes ni hacia dónde quieres ir. Es cuando necesitas tiempo para encontrar soluciones, por eso hay que seguir caminando aunque sea a ciegas.

-¿Lo tuviste claro?
-Sí, muy claro. Esa fue mi ventaja. Sabía dónde quería llegar y sabía cuál era mi forma. Tenía la referencia de aquellas dos primeras puertas grandes de Madrid, mi eclosión, y caminé hacía ese punto. Si eso era lo que me había hecho triunfar, me dije, no podía perder esa referencia y me puse a buscarla.

-A buscarte.
-Eso.

-Ya.
-De otra manera hubiese sido imposible o más complicado todavía encontrar mi camino.

-¿Y qué era lo que te hizo triunfar entonces?
-Mi capacidad de improvisar, de hacer lo que me saliese en cada momento, la felicidad… Y eso en la vorágine de las ferias, con la ansiedad, lo fui perdiendo.

-¿Quién te metió en ese lío mental, esa ansiedad?
-Las circunstancias, la vorágine de las ferias, un poco todo. Eres joven pero al final siempre hay muchas circunstancias que te condicionan. Hay mucha gente a tu cargo, escuchas comentarios, te dicen que hay que arrear, que no se te puede escapar, te cuentan lo que ha hecho fulanito y menganito y eso a mí siempre me ha ido fatal. Yo sé la competencia que hay y me considero una persona competitiva, pero desde otra vertiente. Si yo salgo de un sitio y me he entregado, si me he vaciado, duermo tranquilo. En esos casos me importa muy poco lo que hagan los demás. Si sé que he dado todo lo que tenía y llega otro que da más no me importa aplaudirle y decirle ole tus cojones.

-¿Y en este mundo tan competitivo como dices tú con eso es suficiente, con esa sensación de honradez íntima vale?
-Seguro. Cuando haces lo que sientes, cuando te abres y desnudas tu alma, cuando te muestras como eres es cuando la gente más se emociona y el toreo son emociones, ya lo sabes tú.

-Desde situaciones anímicas bajas, cuando estás jodido de verdad, puede surgir un toreo desgarrado, íntimo y muy interesante, en no pocas ocasiones ha sucedido, un toreo surgido desde el sufrimiento.
-Estoy de acuerdo. De hecho en mi caso, los momentos más altos de mi carrera vienen precedidos de momentos en los que me sentía perdido. De situaciones que parecían insostenibles, cuando creía que se había ido todo al garete daba un salto. Eso fue desde mis tiempos en la escuela taurina donde mi primer maestro poco menos que me mandó a casa. Llegué a pensar que tenía razón pero…

En ese punto de desesperación para cualquier otro chiquillo sitúa Alberto su primer subidón. Recuerda cómo se presentó en la escuela con un capote que le había prestado un amigo, un capotillo muy malo de los de aficionado que el profesor despreció. “Para venir con eso más vale que traigas un trapo de cocina de tu madre”, recuerda que le dijo y poco a poco lo fueron relegando al grupo de los que menos posibilidades tenían. O eso creían ellos.

-Todo era como una invitación a irme a casa. Fíjate que compraron un lote de vacas para los chicos menos avanzados y llegado el día llevaron a torear a todos menos a mí.

“Yo me imaginaba que en algún momento habría un rellano donde parar, poder organizarme, tomar aliento y limpiarme por dentro. Y así fue, al final de temporada pude poner distancia con mi profesión y me reseteé. Fue decisivo”

Aquel trago se convirtió, recuerda, en estímulo, se cambió de grupo, encontró a El Bote, fue creciendo en su aprendizaje y comenzó a torear novilladas en las que a falta de conocimientos resolvía con decisión. Fue un buen momento hasta que aquellos golpes de decisión parecían insuficientes, ya no era el novillero incipiente que lo resolvía a golpes ni avanzaba como para deslumbrar y llegó otro momento de incertidumbre que resolvió la presencia de José Luis Maganto con el que debuta con picadores, gana el Zapato de Oro, sale triunfador de la feria de Arganda, salió en hombros de Zaragoza, corta una oreja en su presentación en Madrid, toma la alternativa en Sevilla y otro frenazo, otra vez abajo, tres años de desierto, y en ese tiempo otra vez las dudas, los fantasmas del abandono...

-Estaba mal conmigo, no veía futuro y lo que tampoco quería era ser un vago a cargo de mis padres, así que pensé en abandonar el toreo y seguir los estudios. Esta vez el hombre que me ayudó a salir de aquel lío fue mi amigo Yelco que está aquí conmigo.

De Yelco, que ha dejado sus ilusiones de matador y ahora se prepara para ir de banderillero en su cuadrilla, habla con auténtica devoción. Él fue quien le introdujo en un principio en el mundo del toro y quien en esa situación límite le propuso resistir, le dijo que se diese una oportunidad, que volviese a sus orígenes, al niño que sin saber fue creciendo, que recuperase el espíritu del chavalín que se creía el más grande después de pegarle unos muletazos a los becerros, que abandonase la ansiedad que le atenazaba.

-Esas reflexiones nos las hicimos en un viaje a México. Le hice caso, traté de sacar mi toreo más puro, hacer lo que me hacia disfrutar, coincidimos en que había que buscar la complicidad con el toro y que pasase lo que tuviese que pasar, lo que Dios quisiera, si la gente decía olé fenomenal y si no a otra cosa, a estudiar o a trabajar, a hacer algo de provecho.

“He aprendido a no ir a pecho descubierto. Este mundo me ha ido quitando la inocencia. Ya sé que no se puede ir por la vida creyendo que todo el mundo es bueno”

El compromiso por ambas partes fue total. Yelco dejó su carrera universitaria, Alberto se empeñó en rebuscar en su alma todo aquello que había convenido que era necesario para reencontrarse. Fue una tarea de veinticuatro horas diarias como si no hubiese nada más en el mundo. Lo hacían de manera obsesiva, rememora Alberto, desde que amanecía hasta que caían doblados. Era tal pasión con la que lo vivían que ellos mismos se reconocían como dos locos.
-Es cierto. Éramos como dos locos para nosotros pero también para todo el mundo, dos locos con suerte porque al final encontramos felicidad y tuvimos recompensa. Habíamos dado con la fórmula. No teníamos un duro, ni para gasolina, pero éramos felices.

Charlamos en los salones de La Palmosilla, justo al acabar el tentadero. El ambiente es todo lo contrario a lo que estamos comentando. Hay euforia. Ha toreado con una templanza y un gusto encomiable. Por delante se presenta una temporada muy interesante a la que acude con un equipaje técnico y personal mucho más sólido. Se lo hago notar, le bromeo, habíamos quedado que lo bueno viene después de lo duro.

-Espero y estoy convencido que lo bueno viene ahora.

Ya les había dicho que Alberto llegó a la cita desde la playa, donde había aprovechado la mañana para hacer ejercicio. Hay que ser disciplinado y mantener el cuerpo fino me ha repetido en varias ocasiones y afirma que lo tiene bien domado. La fórmula es sencilla, mucho toreo de salón, mucho ejercicio y llegado este tiempo una alimentación sana, la de hoy ha sido una ensalada gigante, y todo aderezado con las dosis precisas de felicidad. Está moreno, quizás más que en temporada, fibroso, luce media barba, una chupa larga, un bufandón, pantalones pitillo, pelo revuelto… es la imagen de cualquier chico de su edad en tiempos de selectividad y no hay selectividad más radical que la del toreo, sesenta y tantas corridas de toros son la prueba del algodón.

“He pasado momentos jodidos pero había que seguir escalando porque si me detenía me hubiesen vencido. Para ganar la batalla había que continuar mientras que el cuerpo aguantase”

-¿Cómo quieres que sea el año que viene, acaso de torear menos?
-Yo quiero ser feliz. No tengo otro planteamiento. Ése es el objetivo. Si soy feliz todo marchará bien. Luego, haga lo que haga unos dirán que hice bien y otros que hice mal… Ahora se dice que he toreado mucho por torear sesenta y ocho corridas de toros. Si comparas eso con lo que toreaba Jesulín… ¿qué es?... nada.

-Pero cada uno es cada uno y Jesulín sí parecía feliz con aquellas ciento y muchísimas que toreaba.
Pues eso.

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