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Aplausos 1808    23 de mayo de 2012
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La Pincelada

Por José Luis Benlloch

La semana ha tenido una efeméride gloriosa. Se cumplen cincuenta años de la alternativa de Paco Camino, una de las mentes más preclaras del toreo contemporáneo. La historia le juzga con una unanimidad, un grande...

La semana ha tenido una efeméride gloriosa. Se cumplen cincuenta años de la alternativa de Paco Camino, una de las mentes más preclaras del toreo contemporáneo. La historia le juzga con una unanimidad, un grande entre los más grandes con el añadido de haber ejercido su jerarquía en un tiempo de grandiosos toreros. Y si alguien apetece resaltar una de esas etiquetas que tanto gustan de utilizar en el toreo para ponerle sordina a lo bueno, le dicen que aún pudo ser más. Imaginen pues, quienes no gozaron de su toreo, la clase de torero que fue el maestro de Camas que siendo grande entre los más grandes, aún pudo ser más. Él niega esa posibilidad, yo le he escuchado rebatirlo con la misma naturalidad y lógica aplastante con la que hacía el toreo “No, no es así, todos queremos ser lo máximo”.

Su inteligencia en el ruedo, su plasticidad, su facilidad para resolver los problemas que le presentaba el toro hasta el punto de hacer parecer que no había tal problema, aquella chicuelina de frente apenas insinuada en las muñecas, o quizás era con la mirada, para convertir la reunión en un milagro, el natural de frente, la muletilla cogida por el centro del palillo, la gracia, también el poderío y la espada más pura de su tiempo por mucho que los focos de la tele soliesen girar hacia los saltitos de El Viti… todo eso y más era/es Paco Camino, así que su medio siglo de magisterio, en APLAUSOS y en el toreo, se celebra con gozo.

Ahora se cumplen cincuenta años de su alternativa en Valencia un domingo de Pascua, día poco taurino en la ciudad del Turia que no tuvo inconveniente en romper la tradición de la excursión campestre y comerse ese año la mona en la plaza. Al fin y a la postre a aquel chiquillo lo consideraban como algo propio desde que debutó como novillero. Llegó a Valencia la víspera, con retraso por una avería de su automóvil, se hospedó en el hotel Metropol, justo enfrente de la plaza a la que se llegaba cruzando la calle a pie, cenó con unos peñistas de Alfafar y el día clave, se despidió de su padre, cruzó la calle y… De aquello hace medio siglo, pero su sabiduría venía de más atrás, de siempre.

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