Mejor el remiendo de Nazario Ibáñez que el traje de Partido de Resina. Y dejemos para la historia del toreo el glorioso nombre de Pablo Romero, porque lo que hoy ha salido al ruedo de Las Ventas se parecía al antiguo y bravo encaste como un huevo a una castaña. Con el de Nazario, el mexicano Garibay ha estado en torero cuajado no exento de calidades y con el denominador común de los toreros del país hermano del otro lado del Atlántico: el valor. Con su segundo, que brindó a Palomo, Rincón y Cavazos, diciéndoles que se iba a jugar la vida -¡vaya si se la jugó el manito!- Garibay anduvo hecho un león, aceptando de antemano lo que al final vendría: un volteretón estratosférico, en el que perdió varias piezas dentales y resultó con un muslo atravesado. Pundonorosamente esperó a ver caer el toro antes de pasar a la enfermería por su pie.
Serafín Marín anduvo muy bien con el de Los Chospes, que duró poco, poniendo en juego un valor espartano sin alharacas, un oficio notable y un manejo de la franela con aires de muletero de fuste. El segundo no le dio la mínima oportunidad de lucimiento, como le ocurrió en sus dos adversarios a Sergio Aguilar, que deberá seguir esperando. Los cuatro toros de Partido de Resina –antiguos Pablo Romero- lidiados en la decimotercera corrida del Santo labrador, dejaron patente que todo tiene un principio y un fín. Otra ganadería histórica camino del desguace. Mansos, descastados, “esaboríos”, bobalicones con malas intenciones y sin vibración, los otrora pupilos de don Pablo, que junto con los del Conde de la Corte, Miura, Santa Coloma, Concha y Sierra, Moreno Ardanuy, Isaías y Tulio Vázquez, Prieto de la Cal y tantas ganaderías más ayudaron a hacer la historia grande del toreo, es muy posible que hayan escrito este penúltimo domingo de mayo una de sus últimas páginas.