El bocado de la crisis también mordió en el norte a una feria tan sólida como la de Santander. Pero aun así fuimos todos los días de los “tres cuartos” al “casi lleno” y eso, ahora mismo, es el paraíso. El paraíso perdido en tantos lugares. Pero al serio trabajo de la gente de Cantabria hay que evitar que le pongan serias zancadillas los excesos de algunas figuras que sí o sí hay que lidiar lo que ellos proponen, eligen y ordenan. Y así este año en el coso de Cuatro Caminos el toro y su emoción se esfumó casi todas las tardes y la gente -¡peligro!- se aburrió lo que no esperaba. De la encastada novillada de Ibán a la emotiva corrido de Victorino aquello fue un erial sembrado de animales desiguales, bobicios, mortecinos, con la sangre brava aguada. Ojo al parche de cara al futuro. Ni Pamplona ni tampoco Santander deben de permitir este juego peligroso. El toro es lo primero y si no hay toro al tercer año aunque pongan a Pepe Hillo y a Lagartijo la parroquia ya ha desertado. Recordemos, porque no hay otra, primer mandamiento: el toro. Incluso los que no son aficionados se aburren por muchas estrellas que haya en el cartel y se dan el piro.
A ver si sabes, querido lector, cuántos toros de Victorino ha matado Enrique Ponce. Exactamente 49. Sí 49. Mucha gente no tiene ni idea. Y ahí está. 23 temporadas y otra vez Rey en su Valencia. Enrique ¿cuándo matamos el victorino número 50? Un reto
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