México ha arreglado, al menos de momento, el tema de la prohibición. En España estamos en el camino. Las firmas y la ILP siguen su procedimiento y aunque llevamos el toro de...
México ha arreglado, al menos de momento, el tema de la prohibición. En España estamos en el camino. Las firmas y la ILP siguen su procedimiento y aunque llevamos el toro de los animalistas y demás especímenes de la bulla callejera pegados al culo -cuán gritan esos cabrones- hay momentos en los que felizmente parecemos avanzar. En Madrid está en marcha la Feria del Arte y la Cultura a la que se va a revestir del máximo boato. El ministro, la alcaldesa, la presidenta, un Nobel, un novelista, un filósofo… gente de rango y mérito que nadie duda validan la iniciativa seguidos, no me resisto a la queja, de una larga lista de personajes y profesionales de la oportunidad atraídos por los focos y las minutas que una vez, hay precedentes, acabe el boato y las minutas desaparecerán.
Ni siquiera son sorpresa, en realidad se les esperaba. Junto a los intereses de la gente de la bulla y la pancarta y a los egoísmos cortoplacistas de algunos profesionales del toro, hay que situar con jerarquía de enemigo importante, el papanatismo propio. Hay que ver con qué facilidad se le da cobijo y crédito en el toreo a cualquier doctrinario revestido de intelectual que se nos acerque. Sobre todo si llega practicando el desprecio al toreo y su sistema. Hay montones de ejemplos y el último han sido los promotores del célebre G10… ¿qué han conseguido, qué han organizado, en qué han beneficiado al toreo, en qué han ayudado a los jóvenes, cuántas novilladas han fomentado?... Podría preguntar también cuántos muertos han dejado en el camino, incluso entre sus filas, pero esa es pregunta para cuando acabe el año.
Lo de Madrid parte de la idea, simoniana por cierto, no hay que quitarle la patente al pensador, de que el nexo del toreo con el futuro es la cultura -O le damos tratamiento de cultura o no hay futuro, suele clamar el productor francés- y seguramente sea cierto. Yo le reconozco fundamento a la idea, considero necesario el reconocimiento cultural -también el tratamiento cultural, no nos vayamos a quedar en el envoltorio- pero no es suficiente. Toda esa filosofía o se respalda con un producto de calidad o no vale. O se respalda a la base llamada a ser futuro o no vale, tampoco vale el anquilosamiento de la cúspide torera, o hay renovación o se pierde atractivo, o se hace una gran feria o puede usted cantar misa gregoriana que se queda sin clientela, Valencia y tantas otras que vienen son el reto, o las hacen atractivas y asequibles o palmamos. Eso es así como es imprescindible no rendirse a la fatiga o no desaparecer cuando se apagan los focos o no aburrirse cuando se habla de toros o no crecerse cuando hay que descalificar lo que hay. La carpa es una gran idea, una vía de futuro, un escaparate, una fuente de ingresos pero la salvación del toreo va más allá. Ordóñez fue lo que fue no por ser amigo de Hemingway o de Orson Welles ni por ser hijo del Niño de la Palma sino por anunciarse seis tardes en Madrid o pedir la de Pablo Romero o la del Conde. Y el ejemplo aclara y señala.
