LA MEDIA

El arte nunca defrauda (apuntes de una tarde para el recuerdo en Sevilla)

Gonzalo I. Bienvenida
viernes 02 de mayo de 2025
El arte no conoce los caminos ordinarios de una tarde de toros pero llena como ningún otro concepto por su capacidad de emocionar

Lo vivido este jueves en la Maestranza fue de las tardes únicas que no olvidaremos los que la presenciamos in situ ni los que se conectaron a la retransmisión de Canal Sur. El arte no defraudó. Y nunca lo hace porque el aficionado que va a ver este tipo de carteles sabe que son toreros a los que hay que esperarlos. Uno no le puede exigir a Morante, Ortega y Aguado que estén bien todas las tardes porque lo que desarrollan en la cara del toro tiene mucho que ver con la inspiración, con la improvisación, con el sentimiento.

Los lances a una mano de Morante, sacando el pecho y fajándose con la embestida de salida, ya forma parte del catálogo de genialidades del cigarrero. La música se arrancó ante la alegría del reencuentro de Juan Ortega con su verónica a cámara lenta. Y la afición se emocionó con la naturalidad de Pablo Aguado en una faena exquisita al tercero. Y, por supuesto, la obra muletera de Morante de la Puebla al cuarto. Toreo ceñido, puro, de aguantar pitonazos con valor y confiar en que el toro rompería. Una estocada antológica dejándose caer en lo alto del morrillo. Aun a sabiendas de que el derrote podía hacer carne. Un Morante desbocado, reilusionado.

La corrida de Domingo Hernández, sin lidiar un toro completo, fue más importante por lo que apuntó que por lo que desarrolló. Esa humillación especial tan perseguida por los ganaderos estuvo presente en tres toros especialmente durante los primeros tercios. Por eso se vio torear tanto y tan bien con el capote. Y por la disposición tremenda de la terna toda la tarde.

Ojalá tengamos ocasión de ver en muchas ocasiones este cartel. Los aficionados sabemos lo difícil que es vivir lo que se vivió este jueves en Sevilla. Y en las tardes aciagas nos quedaremos con ese lance, aquella trincherilla, una chicuelina o el lento delantal. Aquellas que todo el mundo reconoce como petardo y, aun así, nos quedaremos con algo que nos ha pellizcado por dentro. El arte no conoce los caminos ordinarios de una tarde de toros pero llena como ningún otro concepto por su capacidad de emocionar. El arte nunca defrauda.

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