FIRMA INVITADA

Morante de la Puebla, un torero que rompe el tiempo

Redacción APLAUSOS
sábado 18 de abril de 2026

Hay tardes en Sevilla que no se explican. Se padecen, se disfrutan… o se recuerdan para siempre. Lo del pasado jueves en la plaza de toros de la Real Maestranza de Sevilla no ha sido una corrida más. Ha sido, una vez más, la confirmación de que hay toreros que habitan en el tiempo… y otros que lo rompen. Morante de la Puebla pertenece a estos últimos.

Porque lo sucedido esa tarde no puede medirse en orejas, ni en reglamentos, ni siquiera en la lógica del espectáculo. La plaza entró en ese estado que solo provocan los elegidos, una mezcla de fervor, de emoción desbordada, de entrega casi irracional. Un “frenesí”, como ya se ha dicho, que lo invade todo y lo transforma.

Y, sin embargo, en medio de ese delirio, también apareció la otra cara de la tauromaquia, la polémica, la discusión, la frontera siempre difusa entre la obra y su reconocimiento. Porque cuando el público pidió lo imposible, cuando quiso abrir de par en par la Puerta del Príncipe, la realidad, o el reglamento, se interpuso. Ahí está la grandeza. Y también la tragedia.

Morante no toreó hoy para cortar trofeos. Toreó para algo mucho más difícil, para emocionar sin medida. Para llevar el toreo a un territorio donde ya no importan los cánones, sino la huella.

Hubo momentos, dicen las crónicas, casi irreales, gestos que rompen la liturgia, improvisaciones que desbordan lo aprendido, como si el toreo, de pronto, volviera a nacer delante de todos.

Eso es lo que desconcierta. Eso es lo que divide. Y eso es, precisamente, lo que hace falta.

Porque en un tiempo donde todo tiende a la norma, a lo previsible, a lo correcto… aparece Morante para recordar que el toreo no es una técnica, sino un misterio. Un misterio que Sevilla ha vivido como pocas veces.

Da igual si hubo oreja o no. Da igual si hubo justicia o injusticia. Lo verdaderamente importante es que, por unas horas, la plaza dejó de ser plaza para convertirse en otra cosa, en un templo. Y en ese templo, Morante no fue un torero. Fue, una vez más, algo parecido a una fe.

*Por Antonio Martínez Iniesta. Coordinador del capítulo de Albacete de la Fundación Toro de Lidia

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