TAL DÍA ESTA SEMANA… 15 DE MAYO DE 1966

Sesenta años de la histórica faena de Antoñete al toro blanco

Alfonso Ávila
viernes 15 de mayo de 2026
El maestro Chenel firma una de las faenas más recordadas en la historia de Las Ventas: "Nunca oí una plaza bramando de esa manera. El sonido de Madrid lo tengo aquí metido, en el cerebro...", recordaba

Problemas personales, sin dinero y sin contratos. Una de las épocas más oscuras de Antoñete, así era cómo afrontaba la temporada de 1965. "Estaba sin tabaco, tieso como la mojama, pegando algún toque a los amigos, aguantando como podía", decía el maestro. Tenía treinta y tres años, y su carrera como matador parecía acabar y pensaba seriamente en hacerse banderillero, pues apenas tenía contratos. Así se lo comunicó a Paco Parejo, y este le enseñó una corrida de toros muy seria de Félix Cameno que se iba a lidiar el 8 de agosto en Madrid. Su cuñado hablaría con la empresa para ver si podía entrar en el cartel. Aquel día, cortó dos orejas, se puso a funcionar otra vez y volvió a las ferias.

La corrida de Osborne de esa Feria de San Isidro de 1966 se exhibió en la Venta del Batán. La afición de Madrid le echó el ojo e hizo lenguas de Atrevido, un toro veragüeño, ensabanado, alunarado, calcetero… al que rápidamente bautizaron como el "toro blanco". Qué mejor que reproducir las sensaciones del maestro Chenel de aquella histórica tarde de mayo en la que cuajó su faena más mediática, vistiendo un terno rosa fuerte y oro.

Antoñete y Atrevido, un binomio para la historia de Las Ventas.

En el libro "Antoñete, el maestro", el diestro se sinceraba con nuestro compañero y autor del libro, Manolo Molés: ¿Te acuerdas de la faena de Atrevido?, le preguntaba el periodista: "Lo primero que oí fue el murmullo de admiración del público a la salida del toro. Lo primero que vi es que salía oliendo la plaza. No sé por qué yo estaba en contra de ese toro. Tal vez porque sabía que la gente estaba enamorada de Atrevido. Recuerdo que dije para mis adentros: “Ya está ahí, la vaca lechera”. Salió violento y además huyendo de los capotes. Cuando fui a pararlo me embistió con genio y no pude estar a gusto con él. No me gustaba el toro. Pero empezó a cambiar en varas. Al sacarlo del primer puyazo ya embestía de otro modo. Le di tres verónicas que rematé con una media en la que me sentí ya muy acoplado. Entonces me dije: Lo voy a reventar".

Y prosigue: "La faena de muleta la comencé con media docena de muletazos por bajo llevando largo al toro, porque estaba un poco crudito, y rematando con un muletazo a dos manos. De ahí me fui a darle distancia y me la eché rápido a la izquierda. El toro venía algo andando, como queriendo gazapear y mirando un poquito. Pero ya me daba igual. Me puse en el sitio y me dije: “Me tienes que partir para que me vaya de aquí”. Le aguanté la primera embestida y me hice con él. Me emborraché toreando al natural. Le daba distancia, me iba de lejos, lo sacaba a los medios, le echaba la muleta adelante, le bajaba la mano, lo entendí, nos entendimos. Cuando me di cuenta ya llevaba cinco series de naturales. La gente quería más y yo no quería acabar. Nunca oí una plaza bramando de esa manera. El sonido de Madrid lo tengo aquí metido, en el cerebro. Me eché la muleta a la derecha. Otras tres tandas, los remates de pecho, el trincherazo, el de la firma, el pase cambiado…hasta el molinete de rodillas".

Pero estuvo a punto de estropearlo todo con la espada. Dos pinchazos, una estocada medio atravesada y dos descabellos hicieron falta. "Aun así me dieron una oreja y aquello era un manicomio. El presidente de la corrida me dijo al día siguiente que si hubiese matado el toro a la primera tenía muy claro que me iba a dar el rabo. Es más, me dijo: “Tenía los tres pañuelos en la mano y los hubiera sacado los tres al mismo tiempo sin esperar ni un segundo".

La distancia y la colocación, siempre precisa en la tauromaquia de Antoñete.

Al preguntarle si fue la faena de su vida: "No, para mí, no. Para la gente, tal vez. Pero si ahora tuviera la oportunidad de torear de nuevo ese toro, hay cosas que hice que no haría y estoy convencido de que me dejé cosas por hacer. Ni a ese toro, ni a ninguno, le he hecho la faena que llevo en la cabeza".

En el libro "Madrid, cátedra del toreo", de José Luis Suárez-Guanes, relataba de esta manera la histórica faena: "Aquel toro de Osborne entraba galopando. Antoñete lo esperaba en el otro extremo de la plaza. Lo paraba, lo templaba y lo despedía dando largura y hondura al muletazo, empalmando un pase con el siguiente y, al terminar la serie, echarse todo el toro por delante en un majestuoso pase de pecho. Y así una serie de naturales, y otra y otra. La plaza de Las Ventas vivía, la tarde más grande de su vida. Alguien la llamó: La faena del siglo. Y es que era imposible torear con más pureza, más hondura, más gusto. Chenel puso en su obra el garbo de un torero andaluz, el duende auténtico del toreo, en el mismo centro del ruedo".

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