De seguir por el camino de la semana pasada en su Plaza Monumental, México acabara siendo para los toreros españoles un balneario de invierno, y los ruedos de España y el Sur de Francia potros medievales de tortura para los toreros mexicanos. Cada día se comprende mejor que un inmueble con cabida para cincuenta mil espectadores acoja solo alrededor de veinte mil, y eso en los días buenos que acartelan una figura de aquí y dos de allí. Seis animalitos de escaso trapío, pobres de cara, cansinos y derrengados no son material adecuado para un espectáculo respetable. Lo de menos es que todos bordeen escasamente los quinientos kilos, porque lo lamentable es que inspiren pena. Y así no hay Fiesta posible. Porque el toreo es grandeza, alegría y emoción, y allá eso brilla por su ausencia.
Lea AQUÍ el artículo completo en su Revista APLAUSOS Nº 1940
