"A las cinco de la tarde". Federico García Lorca grabó con fuego esa hora en la memoria de España, repitiendo en cada verso el destino inevitable de la tragedia. Su "llanto" dio forma a una de las más grandes obras de la literatura española, en la que más allá de la figura del torero, canta la muerte de su amigo.
Ignacio Sánchez Mejías fue un puente entre dos mundos que se miran cara a cara: la tauromaquia y la literatura. Parafraseando a Ortega y Gasset se puede afirmar con rotundidad que la historia de la Generación del 27 está ligada a la de Sánchez Mejías, tanto que, sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda. Así es y así fue. Detrás de la famosa fotografía en el Ateneo de Sevilla -con la que da comienzo la Generación del 27- está la figura del torero, sin el que ese viaje habría sido imposible. Así lo recoge, por ejemplo, Pedro Salinas en su correspondencia con Jorge Guillén: "No puedo concebir, conociendo como conozco al respetable Ateneo de Sevilla, que se gaste dos mil pesetas en llevarnos, como no sea bajo el mecenazgo de Sánchez Mejías".
También Rafael Alberti recoge en sus memorias, en "La Arboleda perdida", cómo Ignacio Sánchez Mejías ejerció la labor de mecenazgo sufragando de su bolsillo el homenaje a Luis de Góngora en el tercer centenario de su muerte: "Ignacio Sánchez Mejías nos metió a todos en un tren y nos llevó a Sevilla". El acto académico vino seguido de una importante celebración en Pino Montano, la finca propiedad del torero, donde la ya naciente Generación del 27 ahondó en otro de los nombres que la caracteriza a este grupo: Generación de la Amistad. Alberti, de nuevo, recoge en sus memorias este episodio: "Ignacio Sánchez Mejías nos llevó a su finca de Pino Montano, donde la poesía, el vino y la amistad se mezclaron hasta el amanecer. Aquello ya no era un homenaje académico a Góngora, sino algo distinto: una hermandad naciente".
La inquietud de Sánchez Mejías fue mucho más allá de su papel como mecenas y miembro de la Generación del 27. Ante todo, fue matador de toros y figura de su tiempo, encabezando durante varias temporadas el escalafón como torero con más tardes toreadas en un año. Pero su actividad también desbordó al mundo del toro. Junto a Federico García Lorca y a La Argentinita -con quien mantenía una relación- compartió interés por la cultura popular y, más concretamente, el flamenco. También se desarrolló como dramaturgo, siendo uno de los primeros escritores en estrenar una obra de teatro bajo la influencia del pensamiento de Sigmund Freud: "Sin razón". Su aproximación al mundo del flamenco fue como todo en la vida de Ignacio Sánchez Mejías, a lo grande. Junto a García Lorca y La Argentinita participó en un proyecto que contribuyó a situar el flamenco dentro de la esfera cultural del primer tercio del siglo XX a través del espectáculo Las Calles de Cádiz. Una función que aunaba la grandeza del cante y el baile popular de Andalucía, puestas en escena a través de los grandes nombres del momento. Una propuesta que venía a dar continuidad al concurso de cante jondo impulsado años atrás por Manuel de Falla y el propio Federico García Lorca. Una reivindicación del folclore como una parte absoluta en la cultura del país y no como una expresión tradicional menor.

Cara a cara con el toro. El desplante de Sánchez Mejías.
El nombre de Ignacio Sánchez Mejías ha quedado escondido bajo el llanto del poeta. Sin embargo, basta con volver a releer su vida para darse cuenta que Federico García Lorca no exageraba en sus versos, plasmando con una sensibilidad única la grandeza de una vida aprovechada en cada segundo: "Tardará tiempo en nacer, si es que nace / un andaluz tan claro, tan rico de aventura".
"NO SE CERRARON SUS OJOS CUANDO VIO LOS CUERNOS CERCA"
"No se cerraron sus ojos / cuando vio los cuernos cerca / pero las madres terribles / levantaron la cabeza". Detrás del signo literario en el Llanto de García Lorca, se esconde la realidad terrible y última de la tauromaquia: la delgada línea entre la vida y la muerte. Tras cada verso se encuentra un pedazo de esa verdad desnuda que, adornada a través de metáforas revestidas de vanguardia, guardan en cada figura literaria un dolor sin consuelo ante la muerte. El "Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías" no es sólo una obra cumbre en la literatura española; es también un retrato fidedigno de la cruda realidad que sucedió en Manzanares aquel fatídico 13 de agosto de 1934.
Bajo la intensidad de los versos queda el eco de la tragedia y la memoria del recuerdo. "Por las gradas sube Ignacio / con toda su muerte a cuestas (...) ¡No me digáis que la vea! / No quiero sentir el chorro / cada vez con menos fuerza; / ese chorro que ilumina los tendidos (...) ¡Quién me grita que me asome! / ¡No me digáis que la vea!". Uno de los ejemplos más claros de la realidad histórica que recoge la elegía se esconde en la segunda parte del poema "La sangre derramada". Un verso que retrata el momento exacto de la cornada: "No se cerraron sus ojos / cuando vio los cuernos cerca". Y así fue. Los ojos del torero permanecieron abiertos mientras las astas de Granadino comenzaron a escribir su epitafio.
Un hecho que se puede contrastar a través de dos vertientes: el relato histórico y el oral. Comenzando por la primera corriente, el Archivo-Museo Sánchez Mejías en Manzanares conserva ejemplares de prensa del día de la tragedia; pudiéndose observar en uno de ellos lo que Federico García Lorca describe en su poema la viva mirada del torero desde las mortales astas del toro. El testimonio de Alfredo Corrochano, compañero de cartel en aquel 11 de agosto de 1934, refrenda la imagen con la vertiente oral, dando mayor solidez a lo descrito por el poeta. En una charla mantenida con Andrés Amorós, el matador de toros confirma la lucidez con la que Ignacio afrontó el percance, consciente en todo momento de lo que sucedía. Corrochano fue el primero en llegar a auxiliar a Sánchez Mejías en el momento del percance y cuenta lo que su compañero, herido de muerte, le dijo en aquel momento al tratar de hacerle el quite: "No, Alfredito, por ese lado no que no me suelta. Entra por el otro lado".
La lucidez con la que Ignacio Sánchez Mejías encara la muerte, con los ojos abiertos y hablando, impresiona tanto a García Lorca que plasma esta realidad en verso. Pero no es el único dato real que refleja el poeta. Una de las palabras utilizadas con mayor frecuencia en la elegía es "sangre" y aquí, de nuevo Alfredo Corrochano, nos vuelve a documentar a través de Andrés Amorós: "Dejó en el suelo un charco de sangre como si hubiesen destripado un caballo", explicaba el torero, presente en el momento de la tragedia. "¡Que no quiero verla! / Dile a la luna que venga / que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena (...) Buscaba su hermoso cuerpo / y encontró su sangre abierta (...) Ya los musgos y la hierba / abren con dedos seguros / la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando: / cantando por marismas y praderas / resbalando por cuernos ateridos, / vacilando sin alma por la niebla / tropezando con miles de pezuñas / como una larga, oscura, triste lengua / para formar un charco de agonía / junto al Guadalquivir de las estrellas".
De nuevo en esta segunda parte del poema, Lorca describe a través de metáforas y figuras literarias la sangre derramada dibujando en verso la imagen de lo que realmente sucedió en el ruedo con una plasticidad asombrosa. También sucede lo mismo en otras partes del poema, como en la primera: "Y un muslo con un asta desolada / a las cinco de la tarde (...) La muerte puso huevos en la herida / a las cinco de la tarde (...) A lo lejos ya viene la gangrena / a las cinco de la tarde. Trompa de lirio por las verdes ingles / a las cinco de la tarde". Estos versos describen, una vez más, la realidad de la fatídica corrida de Manzanares. Federico García Lorca narra la localización de la herida, el motivo de la muerte, la gangrena que puso sus huevos en la herida hasta la muerte de Ignacio en el Sanatorio de Torero de Madrid. Cada palabra, cada verso y estrofa están cuidados hasta el último detalle, exprimiendo el poeta máximo el jugo de la poesía. Cierra el poema con un verso algo desconcertante, y no por ello menos real y acertado: "Y recuerdo una brisa triste por los olivos".
Rafael Martínez Nadal, hombre cercano a Sánchez Mejías, dio a Andrés Amorós la clave para poder entender a Federico García Lorca, contándolo el propio profesor y escritor: "Antes, cuando se bajaba a Andalucía, había que pasar Despeñaperros. Al llegar arriba con el coche caliente, pararon un poquito. Iban en el coche Ignacio, Rafael Martínez Nadal, Federico García Lorca y La Argentinita. Al parar se abre frente a ellos un nuevo paisaje, un mar de olivos que deja atrás las tierras de Castilla y es el propio Federico el que dice qué triste. Sabemos por el testimonio de Antonio Garrigues padre que, estando Ignacio delirando en Manzanares, hablaba de un paisaje de toros y de un campo con olivos". De nuevo, dando el poeta sentido a cada palabra, verso y cerrando de manera histórica y brillante la que es una de las más importantes obras de la literatura española.
Cite sentado en el estribo, un pase característico de Sánchez Mejías.

