REPORTAJE
Foto: BaldomeroFoto: Baldomero

Ignacio Sánchez Mejías: más allá del "llanto"

Redacción APLAUSOS
domingo 07 de junio de 2026
Con motivo de la corrida in memoriam de este domingo en Las Ventas dedicada al polifacético torero, recordamos su figura a través de este magnífico texto de Andrés Amorós publicado en el número de junio de Aplausos

Cualquier aficionado a la literatura sabe de sobra que las dos mayores elegías -poemas en elogio de alguien que ha fallecido- de la literatura española son las "Coplas a la muerte de su padre", de Jorge Manrique, y el "Llanto por Ignacio Sánchez Mejías", de Federico García Lorca. Un peldaño por debajo quedaría la "Elegía a Ramón Sijé", de Miguel Hernández. El extraordinario poema de Lorca ha otorgado a Sánchez Mejías una proyección universal. Hoy mismo su nombre sigue sonando en el mundo entero y continúa suscitando obras de arte: poemas, novelas, ensayos, obras dramáticas, películas, músicas, ballet…

Esto tiene una curiosa contrapartida: no son pocos los que creen que se trata de un personaje ficticio, inventado por Federico García Lorca. La realidad histórica es que, además de su trágica muerte y de los poemas que suscitó, Ignacio es un personaje fascinante, con una pluralidad de intereses y de talentos realmente única. Menciono solamente algunos.

Fue un personaje fascinante, con una pluralidad de intereses y de talentos realmente única

Fue una gran figura del toreo. Amigo y mecenas de los poetas de la Generación del 27. Autor de teatro. Organizador de un espectáculo de baile con La Argentinita. Presidente del Real Betis Balompié y de la Cruz Roja de Sevilla, su ciudad natal. Piloto de automóviles y de aviones. Jugador de polo. Conferenciante en la Universidad de Nueva York. Crítico periodístico de las corridas en las que él mismo había toreado… por eso suelo decir que si Ignacio hubiese sido norteamericano –una hipótesis muy absurda-, en Hollywood ya le habrían dedicado más de una película biográfica.

En vísperas ya de la conmemoración del centenario de la Generación del 27, es absolutamente inevitable recordar que, en ese momento, el mundo del toro y el resto  de la cultura española estuvieron más unidos que nunca. Por mucho que se empeñe en obviarlo Urtasun, el inculto ministro de Cultura, no se puede hablar de la Generación del 27 olvidando lo que supuso Ignacio Sánchez Mejías.

Tengamos en cuenta que esa generación es la segunda más grande de nuestra literatura, después de la que reunió, en Madrid, a Cervantes, Góngora, Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca… A partir de 1927, coincidieron y fueron amigos poetas de primera categoría como García Lorca y Alberti, Pedro Salinas y Jorge Guillén, Vicente Aleixandre y Luis Cernuda, Dámaso Alonso y Gerardo Diego.

Foto: Boldún

Cuando se concedió el Premio Nobel de Literatura a Aleixandre, la academia Sueca declaró que con este galardón se reconocía el mérito de todo este grupo literario. No lo integraban sólo poetas. También había músicos, como Manuel de Falla. Pintores, como Salvador Dalí, Benjamín Palencia, José Caballero. Cineastas, como Luis Buñuel. Novelistas, como Francisco Ayala, Max Aub, Rosa Chacel. Humoristas que fueron a Hollywood, como Edgar Neville, López Rubio, Tono. Bailarines, como La Argentina, Vicente Escudero

¿Por qué llamamos a esta Generación del 27? Sencillamente porque en 1927 viajaron a Sevilla para celebrar el centenario del  gran poeta barroco Luis de Góngora un grupo de jóvenes poetas de vanguardia. El promotor y patrocinador de este acto fundacional fue Sánchez Mejías: se había hecho amigo de todos ellos; les convenció para que fueran; les pagó el viaje.

Después del acto del Ateneo de Sevilla, organizó para ellos una fiesta en su finca de Pino Montano, una travesía nocturna por el Guadalquivir, un banquete en la Venta de Antequera… cuentan mil anécdotas divertidas de todo esto Gerardo Diego, en sus revistas unipersonales Carmen y Lola, y Rafael Alberti, en su libro de memorias "La arboleda perdida".

¿Cómo era Ignacio como persona? Coinciden todos los testimonios en que era un gran seductor: apenas había estudiado -de hecho acabó el bachillerato siendo ya matador de toros- pero tenía una extraordinaria inteligencia natural. Hasta Jorge Guillén, que no era muy taurino, cuenta que le fascinó su capacidad de entenderlo todo, de captarlo todo.

Ignacio Sánchez Mejías, en un clásico inicio de faena sentado en el estribo. Foto: Baldomero

Ignacio era un hombre guapo pero no era un efebo: alto, corpulento; muy simpático, muy guasón, muy generoso. Ayudó, por ejemplo, a la pareja de Villalón, cuando éste falleció. Detrás de su apariencia jovial había una persona que se planteaba las más graves cuestiones. Se advierte, por ejemplo, en su novela inédita "La amargura del triunfo", que yo organicé y publiqué.

Tuve la fortuna de conocer a dos grandes amigos de Ignacio: Pepín Bello, íntimo amigo suyo desde los orígenes de la Generación, en la residencia de estudiantes, y Alfredito Corrochano, el hijo de don Gregorio, el gran crítico; fue matador de toros, ahijado de Sánchez Mejías, alternó con él la tarde trágica de Manzanares.

A los dos les pregunté si Ignacio era personalmente tan atractivo como cuentan. Los dos coincidieron en su respuesta: "Encarnaba todas las cualidades que tradicionalmente se atribuyen a la virilidad madura, era todo un hombre". Apostillé yo, en los dos casos, citando el título de una obra de Unamuno: "Nada menos que todo un hombre". Los dos asintieron: "Exactamente. Así era".

Para Néstor Luján, era "un caso patológico de valor". Para Cossío, "la valentía más auténtica y sobrecogedora"

Como torero, Sánchez Mejías seguía la línea clásica de Joselito, su maestro -Ignacio fue banderillero suyo- y su ídolo. Es impresionante la fotografía en la que se ve a Ignacio, desolado, pensativo, como el Pensieroso de Miguel Ángel, delante del cadáver de José, en Talavera.

Más que la estética, a Ignacio le preocupaba el dominio de todos los toros. Tenía un valor extraordinario, que le llevaba a realizar verdaderos alardes: por ejemplo, la famosa foto en la que se ve secándose el sudor con un pañuelo, delante de un miura, en la Feria de Julio de Valencia.

Para Néstor Luján, era "un caso patológico de valor". Para Cossío, "la valentía más auténtica y sobrecogedora que nunca se haya exhibido en los ruedos".

Daba tal sensación de poderío, de facilidad, que tenía que realizar alardes de valor, para suscitar el entusiasmo del público. Por ejemplo, torear sentado en el estribo y colocar arriesgadísimos pares de banderillas por dentro, pegado a tablas. Sus enemigos llamaban a eso sus "trucos". Uno de ellos causó su trágico final.

Desolado, pensativo... ante el cadáver de Joselito.

A todo eso hay que añadir su carácter fuerte, luchador. Me contaba Marcial Lalanda que a Ignacio le gustaba pelearse con el toro, con los compañeros de cartel, con el público, consigo mismo… es la actitud que definió Miguel Hernández así: "Como el toro, me crezco en el castigo". Mi gran amigo Luis Miguel siguió esa misma línea. ¡Cuánto echo de menos ahora ese carácter en algunos toreros!

Llegó un momento en el que los ruedos se le habían quedado pequeños para sus inquietudes. En 1928, ya retirado, Sánchez Mejías estrenó "Sinrazón", una de las primeras obras de teatro españolas en las que se advierte la clara influencia de Freud. Luego, "Ni más ni menos", un auto sacramental laico, como los que escribían entonces Rafael Alberti y Miguel Hernández.

En 1934, con más de cuarenta años, decidió volver a los ruedos. Nadie sabe con seguridad la causa. Una serie de casualidades le llevaron a torear en la plaza de Manzanares el 13 de agosto.

Como torero, Sánchez Mejías seguía la línea clásica de Joselito, su maestro y su ídolo

Comenzó la faena a su primer toro, como tantas veces, sentado en el estribo. El toro se le vino fuerte, algo cruzado, quedó mal colocado. Sin moverse, Ignacio lo volvió a llamar. Al pasar, el animal le dio un golpe con los cuartos traseros, lo desequilibró y le hundió el pitón en la parte superior del muslo derecho.

Al sentirse herido, Ignacio se agarró a los cuernos para evitar una nueva cornada. Como era corpulento, su propio peso ayudó a que los pitones profundizaran más. Desde la barrera, el toro avanzó hasta el centro del ruedo, llevando a Ignacio, herido, agarrado a los pitones. En el ruedo quedó un gran charco de sangre. Escribirá Lorca: "La sangre derramada". Me contó Alfredito Corrochano: "Como si hubieran destripado a un caballo".

Sucedió entonces algo extraordinario que me contó el propio protagonista. Entró al quite Alfredito Corrochano y, desde los pitones, herido mortalmente, Ignacio le dijo: "¡Por ahí no, Alfredito, que no me suelta!… ¡por el otro lado!".

Esa actitud, propia de un héroe, tiene un nombre: lucidez para afrontar la muerte. En un periódico de la época encontré una vieja y borrosa fotografía en la que se ve a Ignacio, herido mortalmente, con los ojos abiertos… Escribirá Lorca: "No se cerraron sus ojos cuando vió los cuernos cerca".

Precioso el retrato vestido de torero. Foto: Calvache

Con toda serenidad, Ignacio no quiso que le operaran en esa enfermería. El traslado a Madrid, por la llanura manchega, con el calor de agosto, debió de ser terrible. Ignacio seguía lúcido: iba fumando y hablando.

Falleció en Madrid, el 14 de agosto. Trasladaron en tren su cuerpo a Sevilla. En medio de una enorme manifestación de duelo, lo enterraron en el cementerio de San Fernando, en el hermoso mausoleo de Joselito, su ídolo, obra de Mariano Benlliure. Le dedicaron poemas muchos amigos: Rafael Alberti, Gerardo Diego, Miguel Hernández, José María de Cossío… a todos los superó claramente Federico García Lorca, en su "Llanto por Ignacio Sánchez Mejías": su obra maestra, el poema que resume mejor y con más belleza su visión del mundo.

Habla en él Federico de un amigo que era torero, pero no da detalles taurinos concretos -aunque todo lo que dice responde básicamente a la realidad-.

Nos hace sentir la tragedia de haber perdido a un amigo muy querido. Lo presenta como modelo de ser humano, que reúne cualidades contrapuestas. Elogia la lucidez con que afrontó el momento de la verdad, que a todos nos llegará… por eso, el poema de García Lorca trasciende lo taurino, posee universalidad. Gracias a Federico, Ignacio Sánchez Mejías sigue vivo.

Texto: Andrés Amorós

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