Hubo un tiempo, sobre todo a raíz de su reaparición en la temporada de dos mil veintiuno, en el que se creyó que Alejandro Talavante, tan dado en su primera época a revestir la pureza de su toreo de cierto y atractivo misticismo, estaba en trance de sucumbir al paso del tiempo, que con sus altibajos estaba pasando a engrosar la lista de tantos y tantos que apuntaron a perpetuarse en el imaginario de los aficionados como referente, como uno de los grandes que dejan huella y no lo había conseguido. Era un sentir que dolía a quienes gozan cuando a la ortodoxia se le añaden chasquidos de esa singular personalidad que permite emocionar sin aspavientos como ocurría con el torero extremeño.
Vista su evolución, revelada ya desde la temporada pasada y refrendada en la presente, con las aficiones de Arles y Sevilla como testigos privilegiados, era evidente que estaba dando el gran paso para reengancharse como candidato a engrosar el olimpo de los clásicos. Su antología, personalísima, de naturales interminables adornados con cambios de mano imprevisibles, suponía por sí solo un caudal de torería que emociona o… emociona. Faltaba el veredicto del gran jurado de la plaza más exigente (algún día habrá que ponerle tope a su intransigencia, pero eso es otro tema) y ante el toro Ganador de Núñez del Cuvillo, se reafirmó en su revival con una lección magistral del mejor toreo, por elegante, natural, también por despacioso y por su riqueza de recursos a veces inverosímiles que le harán transcender al tiempo.
Predecible por su regularidad, pero no por la forma de lidiar, hace pensar que nos encontramos ante una versión del toreo clásico puente con los gustos más actuales. A las nuevas generaciones de aficionados, esta versión de Alejandro Talavante, les viene a presentar nuevos matices del arte de la lidia, un abrazo entre lo clásico y lo actual, que le hace sitio en lo eterno.
Foto: Daniel Chicot
