De la intransigencia del mayo madrileño hemos pasado a la extroversión total, a la versión más lúdica y festiva del toreo, ahora a la vera del Mediterráneo. Y lo que viene. Es la España pluricultural, en la que el toro, siempre el toro, es el elemento vehicular. No se acaba ahí, es la Fiesta en movimiento, son los modos de ver y vivir la vida. Pasó San Isidro y ahora, tras San Juan, llegará San Fermín. El toreo según el santoral. Quince días para un cambio radical. En la variedad está el gusto, para los aficionados, y desde el lado de los toreros el trago fuerte. Desde la generosidad total en Alicante, la plaza donde nunca se cierra la puerta grande, pasaremos al toro grande, qué digo grande, desaforado, y el público extremo con códigos personalísimos que obliga a la abstracción o a la complicidad absoluta. Un sociólogo, que lo explique, por favor. La semana próxima el chupinazo, todos alerta.
En Alicante se acaba de hacer notorio el buen momento que vive el toreo. Tocaba, viene bien. El éxito tiene varios padres: un empresario, Nacho Lloret, arriesgado en el planteamiento e implicado con los gustos de la tierra; Urtasun y la compaña, o lo que es lo mismo, un ministro y su corte de postureo animalista capaces de generar reacción con su sectarismo que visto lo visto les empuja hasta el haraquiri (no serán capaces, de aplicarse el haraquiri ideológico, no serían ellos); todo ello sin olvidar el carácter cíclico del toreo que se ha repetido desde que el toreo es toreo a ritmo de las grandes figuras, Lagartijo, José y Juan, Manolete, El Cordobés… con interregnos que aun con excelentes toreros daban alas a los antis para, seguidamente, volver a emerger; y ahora disfrutamos de una baraja de toreros de mucho nivel con dos ases clave de los que dan esplendor. Si alguien duda de su rango y quiera saber quién es quién que pregunte en taquillas, el mejor termómetro de la realidad, antídoto frente a los urtasunitos.
El resultado de todo ello en Alicante ha sido espectacular pese a la oposición de un termómetro inclemente y un hábitat no menos disuasorio, la propia plaza, incómoda hasta el propio suplicio de los espectadores, sin que la autoridad responsable no entienda por el momento más allá de lucir palmito en el callejón y se olvide de mejorarla. Que con bastante menos espacio que la de Valencia acoja varios miles de espectadores más lo dice todo.
En lo artístico destacó Morante de la Puebla por encima de todos. No se recuerda en la historia un torero de su perfil artístico que mantuviese semejante regularidad. Arrancó con una impostada bronca de quienes prefieren el voluntarismo vano a la brevedad y siguió con tres faenas de una riqueza de matices deslumbrante, diría que hizo lo que tocaba en cada momento y en cada toro. Tras él, mejor junto a él, el huracán Roca Rey, insaciable; y todo seguido Talavante con una faena exquisita; la rebelión de jóvenes opositores a las alturas, De Miranda por un palo personalísimo, Navalón desde la solidez de estilo, Marco Pérez con su carácter de chico rebelde, Tomás Rufo, Borja Jiménez, y en el balcón de los veteranos la zurda de El Cid y el coraje de Escribano… y entre las ganaderías las de Santiago Domecq y Victorino Martín destacaron por encima de todas.
Y en todo ese caudal de buen toreo un palco desnortado, froidiano e incongruente que un día salía por jotas y otro por peteneras, que lo mismo premiaba la vulgaridad que ignoraba la distinción. Incrustado en tejido cultural de esta plaza ya han dejado de ser noticia.
Foto: Antonio Vigueras
