Valorar en su justa medida el libreto que contiene la obra artística que está representando tarde tras tarde el que ya es considerado un genio, José Antonio Morante de la Puebla, no está al alcance ni tan siquiera para alguien que lleva viendo toros desde muy niño y ya pasa de los ochenta. Mucho menos, entiendo, para aquellos que se asoman a una plaza de toros sólo en las fiestas de su pueblo. ¿Y por qué plantear ahora semejante cuestión?... Sencillamente porque después de todo lo leído de quienes fueron destacados del toreo a través de los siglos y lo mucho visto en directo, me atrevo a aseverar que nos encontramos con este Morante, con el torero que ha hecho suyas todas las virtudes que han atesorado unos y otros de los que hasta aquí habían merecido el honor de entrar en el olimpo de la tauromaquia.
Haber tenido la afición, la constancia y también el riesgo que suponía reescribir la historia de suertes que habían sido ya superadas por la propia evolución que todo arte sufre, y no cabe duda que la lidia es arte en constante evolución desde el respeto a la esencia (de otra forma sería traición, no evolución) viene a decir que en el torero de La Puebla, en estos últimos años especialmente, confluyen y se conjugan los valores que, por separado hicieron grandes a dos toreros que, por suerte los pude disfrutar. De un lado la pasión/ambición desplegada por Francisco Rivera "Paquirri", para alcanzar el sueño de quedar en los anales del toreo como figura, como resumió en aquella tarde del 24 de mayo de 1979, ante el toro Buenasuerte de Torrestrella, ejemplar bravo hasta decir basta al que dio réplica con igual dosis de bravura hasta dejar la espada en los mismos rubios del astado con inusitada majeza, la reedita con gloriosa frecuencia el sevillano.
De otro lado hay que admitir que la poesía, la magia y el duende que aflora en el cigarrero tantas y tantas tardes (en eso le supera) lo viví una tarde en Jerez de la Frontera. Fue en mayo de 1997. Se lidiaba un lote de Mari Carmen Camacho. Rafael de Paula dejaba con el capote sobre la arena jerezana lances al compás a un toro burraco que le tocó en suerte, imposibles de verbalizar, inspiración y poesía. Tanto que los dos alternantes que le acompañaban, Rivera Ordóñez y Jesulín, saltaron al ruedo henchidos de admiración para abrazarlo. Todo eso y seguramente mucho más es este torero que ha venido para redimir a los pecadores de la modernidad.
Foto: José Salvador
