Está claro que Pablo Aguado no fue de paseo a El Puerto de Santa María. Antología del toreo sevillano. Despliegue de capote meciendo las telas, un cadencioso y airoso galleo por chicuelinas y un quite por tafalleras con ese mismo son templado. El toro, Galiano de nombre, tuvo virtudes y movilidad, lo cuidaron en varas. Sorpresa en los tendidos cuando Aguado cogió los palos para colocar cuatro pares, el primero no agarró, pero el resto colocados en una perra gorda, de poder a poder asomado al balcón y el último al quiebro con gracia sevillana en paralelo a tablas.
La faena de muleta tuvo el desparpajo, la gracia, la sevillanía, el arte, la naturalidad de un torero pleno. Vertical, con la cintura, corriendo la mano con dulzura, temple y suavidad, sin enganchones, una obra cumbre que hizo estallar El Puerto. Cerró torerísimo con unos ayudaos por bajo de extraordinaria composición. Lo hizo todo en torero. Se le fue desprendida la espada entre amagos de petición de indulto, no merecido, del toro y se llevó dos orejas que debieron ser de rabo si no es por la espada. Al toro se le concedió la vuelta al ruedo, también cuestionable, herrado con el número 7 y de 485 kilos en la báscula.
