Pocas veces se habla a corazón abierto. Pocas se abre ese corazón para aguantar el dolor, la realidad, la catástrofe de la muerte de un ser tan cercano y querido. Todo, toda una vida, un sueño, un trabajo, una ilusión, un mañana se puede desplomar en unos segundos. Como pasó en Pozoblanco (eran tiempos encima de horribles enfermerías y fallos de seguridad), como pasó en Colmenar Viejo, ahí donde no había ni un segundo de esperanza, ni médica ni milagrosa, porque estalló el corazón de Yiyo. Como once meses antes en Teruel, la muerte urgente se llevó a Víctor Barrio. Ahora ha sido en Francia, un toro de Ibán, un quite, un mínimo error y apenas parecía un percance leve y ni siquiera Néstor, su amigo, su apoderado, su hermano de vida, el que le tocaba ser duro en la calle y en los despachos en la defensa de Iván, sus contratos y su futuro, mientras el torero nunca bajaba la bandera de la ambición y de la competencia negada en los cenáculos de los grandes negocios. Ni siquiera Néstor creyó que era el final.
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