El silencio de varias, muchas, plazas que no abrirán sus puertas, retrata el momento. Plazas de mucha raigambre poco menos que tapiadas para los toros, El Escorial, Monóvar… y las que me callo y/o evito nombrar por aquello de no practicar el alarmismo o por la esperanza de que a última hora venga alguien y lo resuelva por mucho que uno ya no crea en los milagros. Las entradas que registraron las que sí abrieron, en muchos casos por cuestión de orgullo u obligación contractual. Los cientos de toros que quedan en el campo, dicen que miles, esperando otro milagro, que les embarque para la plaza y no para el matadero. Matadores, banderilleros y picadores al sol de las esquinas a la espera de un telefonazo en pleno agosto que les dé curro… Todo eso y más invita, en realidad obliga, a un gran pacto del toreo, si lo hacen en otros sectores por qué no se va a hacer en el toro. Debe producirse este invierno y de verdad, con amplitud de miras, sin querer quitarse la cartera unos a otros, con realismo, con todas las fuerzas vivas, digamos profesionales implicadas, con las ventanas abiertas para que se les escuche y para que se ventile el ambiente de viejos vicios.
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A la espera del gran pacto
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