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Accidentada novillada en Valencia

Tres horas de novillada. Excesivo. Para un cuerpo mayor. Un sobresalto. Otro. Un novillo al corral. Alguno más pudo seguir el mismo camino. Hubo comprensión presidencial. O eso pareció. Bien. Un toro manso. Otro manso y grande. Y otro y otro de la misma calaña. Lo siento. No conozco al ganadero pero a buen seguro que debió pasar un mal trago. Cuando salió el quinto, un torazo, se nos encogió el corazón. Quinientos y muchos kilos. Alto, altivo, finalmente con más fachada que fondo. Negros nubarrones que felizmente se despejaron cuando el toro altivo acabó embistiendo mejor que sus hermanos. Y salió el sexto, dos pitones, qué digo dos pitones, dos guadañas, y la consabida falta de clase que marcó todo el encierro. Otro susto. En realidad nada para lo que sucedió en el segundo cuando el toro empujó de tal manera a caballo y picador que los empotró en el callejón, dejando una puerta desvencijada y al chulo de banderillas con graves lesiones, dos cortes en la cara con los arpones y lesiones en la espalda que quedaron pendientes de estudio radiológico. Nada para lo que pudo pasar.

Ese fue el sino de la tarde, que empezó con un emotivo silencio en homenaje y recuerdo del niño Adrián, de Montoliu y de Palomo Linares. Demasiados motivos, maldita sea. Era la novillada de la Virgen. La plaza registró una aceptable entrada. Lo suficiente para pensar que la fecha merece más cartel y más atención. SC debería tomar nota. El único que dio una vuelta al ruedo fue Fernando Beltrán. Por eso, sólo una vuelta, y por lo que les he dicho pensarán que los novilleros estuvieron fatal. Pues no es verdad. Los tres dieron la talla en circunstancias nada propicias. Se ganaron que los volvamos a ver. A los tres, por no dejarse impresionar, por lo que hicieron y por lo que dejaron entrever que pueden hacer. A Beltrán porque dejó aflorar la torería innata que siempre le acompañó y porque, sobre todo en su segundo, le añadió un toque de pasión que le hizo remontar una tarde que iba cuesta arriba. Cadaval porque al torazo quinto lo toreó al natural con gusto y mucha reunión. Cuando las fotos de los toreros valían contratos, por lo de ayer el hijo del Moranco hubiese hecho unos cuantos. Se mostró como torero de buen gusto. Y al joven Carlos Ochoa porque no se arredró en ningún momento, les atacó a corazón abierto a los dos con buenas maneras, y porque después del mal trago que supone siempre que te echen un toro al corral creció dos cuartas en el sexto y cuando llegó la ocasión se fue tras la espada como un león para que no pasase lo que le había pasado en su primero.

El resumen del festejo, susto tras susto, quedó de la siguiente manera: novillos de Hermanos Sánchez Herrero. Serios, desiguales de hechuras y volúmenes, con menos cuajo el tercero, adolecieron de clase y bravura. Se salvó el quinto. Fernando Beltrán, silencio tras dos avisos y vuelta al ruedo tras petición y dos avisos; Alfonso Cadaval, silencio y palmas tras aviso; y Carlos Ochoa, saludos tras tres avisos con ligera división de opiniones y ovación con saludos. Un tercio de plaza. Más de un cuarto. Se desmonteraron tras parear al segundo Juan Carlos García y Manuel Izquierdo. Al término del paseíllo se guardó un minuto de silencio en memoria de Manolo Montoliu, Palomo Linares y el niño Adrián Hinojosa. Cadaval y Ochoa debutaban en esta plaza.

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Accidentada novillada en Valencia

José Luis Benlloch

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