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Adiós al señor de San Fernando

Hoy, con estos soles otoñales “maduramembrillos” y cuando las gentes del campo salen a la calle poco después de romper el alba para mirar a los cielos para ver si llega la bendita agua, se ha ido un hombre cabal que nunca se exaltó ante su gran éxito. Salamanca queda huérfana de don Antonio Pérez, de su paseo mañanero por la Plaza Mayor para hablar de toros con los amigos, siempre con su porte marcado por la sobriedad charra, sin alharacas y natural. Pero sobre todo la dehesa de San Fernando pierde a su señor, a quien allí supo sentar los pilares del toro moderno e incluso de la ganadería actual con etapas importantísimas, más que en ninguna en las pasadas décadas de los 60 y 70 con la revolución del Cordobés, que mataba las camadas enteras de los anunciados AP. También la Salamanca ganadera dice adiós a una histórica referencia. Hoy, con estos soles otoñales “maduramembrillos” y cuando las gentes del campo salen a la calle poco después de romper el alba para mirar a los cielos para ver si llega la bendita agua que alivie los campos y brote la otoñada.

Con ella se ha ido este hombre de campo, cabal y sin exaltarse ante el éxito, ni hundirse ante el fracaso. Quien fue ganadero desde su nacimiento, que abrió los ojos familiarizándose con las faenas camperas, también con la trashumancia hasta la finca extremeña. Fue ya en 1942 el año en el que adquiere la responsabilidad de tener hierro propio anunciado a nombre de Pérez-Angoso, que tenía su origen en los antiguo de Gama, comprada por su padre al ganadero portugués por su sangre de Parladé. Tiempo después heredó el hierro familia de AP y continuó presente en todas las ferias, en los mejores carteles y con las figuras triunfando con sus toros, a la par que llegaron infinidad de premios y reconocimientos.

Hijo de don Antonio Pérez, uno de los ganaderos más importantes del Campo Charro, realmente no era fácil sacar la cabeza y triunfar llamándose igual que el padre, aquel Antonio Pérez de tanta personalidad que en Madrid tenía siempre reservada una habitación en al hotel Palace y fue el primer ganadero en abrir las puertas del toro charro para comercializarlo mejor que nadie. Era el único hijo que quedaba vivo, porque Juan Mari –otra referencia ganadera- falleció hace cerca de veinte años, al igual que más recientemente lo hicieron Amelia y Mercedes, también ganaderas.

Cercano a cumplir los cien años y con el dolor de ver perder a uno de sus hijos, a Ángel en un accidente de tráfico hace dos décadas, a don Antonio, protagonista de un importante legado, le encantaba hablar de Manolete –a quien tanto trató-, de Santiago Martín ‘El Viti’, de El Cordobés y del Niño de la Capea, que fueron los toreros que más admiró.

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Paco Cañamero

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