Pese a que es más raro que una mosca blanca a mi me cae muy bien Alberto López Simón, como persona y como torero. Por eso me ha alegrado saber que Diego Robles se ha hecho cargo de la carrera del torero de Barajas. Hace muchos años que conozco a Diego pero lo traté más cuando viajaba con Finito de Córdoba en el tiempo que lo apoderó Toño Matilla, y es un hombre sencillo, eficaz y entregado a su trabajo como pocos. Que se lo pregunten a Juan José Padilla, de quien ha sido el “alter ego” durante muchos años, en lo bueno y en lo malo, en la alegría y en la tristeza, en la suerte y en la desgracia. Un hombre cabal en todo el significado de la palabra. Parco en el verbo pero exuberante en sentimientos, y también en conocimientos del toreo como arte y como negocio.
No sé por qué, y si lo sé me lo callo, me da el pálpito de que Robles va a ejercer una influencia positiva sobre el complicado carácter de López Simón, porque sabrá llevar con mano maestra las riendas de una ejecutoria con altos y bajos a la que, por mor de sus demonios interiores, al torero le está costando un mundo coger el ritmo. Diego irradia seguridad, nobleza y bonhomía, y llevar al lado un hombre así le va a servir de muchos a Alberto.
A uno que apostó enseguida por López Simón, y ha tenido que soportar algún intento de rechifla por esa apuesta, se le han vuelto a alegrar las pajaritas de la ilusión, con la esperanza de ver a ese torero en el lugar que siempre estuve seguro que le corresponde. Se acabaron las excusas y las vacilaciones. Ahora o nunca...
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