Albacete y Nimes fueron los escenarios. A servidor nadie le quita de la cabeza que al toreo se le salva con triunfos, generando interés, despertando la curiosidad del gran público, tan necesario y tan denostado no sólo por los empresarios acomodaticios y egoistones que sólo piensan en levantarles la cartera, sino también por los aficionados que se autoproclaman puros (¿), los que sólo miran hacia el ombligo de su verdad y tan amigos son de repartir credenciales y carnets de buenos y malos aficionados. Les decía que o conseguimos atraer al público o estamos listos. Y eso se consigue interesándole, con tardes como esas en las que uno tiene que levantarse del asiento catorce veces o directamente no sentarse. No conozco otra fórmula ni la hubo antes. No hay que despreciar otras ayudas, si surgen bienvenidas, pero al toreo lo salva el toreo o no se salva. Nunca nadie externo, ni mucho menos la Administración, le ayudaron. La relación fue más bien en sentido inverso, fueron ellos los que se ayudaron del toreo. Así que tardes como esas son impagables.
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Albacete y Nimes marcan el camino
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