Semana la mar de movida. O más que movida, tormentosa. Con el coronavirus generando temores que nadie queremos mentar. También tuvo momentos de gloria. Arrancó con el tema de la Morente. Diría que para arranque, el de Estrella. Quedará como ejemplo. Inapelable. Impecable. Inmaculado. Rotundo. Con música y compás. Se podría decir que lo suyo fue un chorreón de cultura y tolerancia sobre ese erial de inculta acritud que impera en esta España partida. Una estrella como ella pudo elegir no comparecer con la muchacha de la incontinencia verbal pero lo hizo. Sin un reproche. Con caballerosidad. Bueno, no sé si la palabra es correcta en estos días... digamos con mucho estilo. Tiró de elegancia y le recitó a Bergamín. La muchacha no sabía por dónde llovía, ni siquiera que los versos eran de Bergamín ni posiblemente que existiese un tal Bergamín. Igual pensó que se había equivocado. Pues no, no se equivocó. Fue un round inmaculado, incruento, con la muchacha de la incontinencia escuchando sin entender. Es lo que suele pasar en esa guerra que le han declarado a la tauromaquia, que no entienden, que no conocen, que desde la inopia pasan directamente a empuñar el fusil de la descalificación, de momento dialéctica. Ante la aplastante Morente las turbulencias duraron un rato y se calmaron. Alguien me apunta que no olvidan, que solo se retiraron a las tablas de la impotencia a tomar resuello. Estrella lo hizo sin inmutarse, saludó y se fue. ¡Gracias!
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Amenazas y glorias
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