Las corridas de toros son un espectáculo caro porque cuesta mucho dinero montarlas, y a veces el resultado deja bastante que desear pues depende de múltiples factores, algunos no totalmente controlables
Las corridas de toros son un espectáculo caro porque cuesta mucho dinero montarlas, y a veces el resultado deja bastante que desear pues depende de múltiples factores, algunos no totalmente controlables como puede ser el juego de los toros y el estado de inspiración de los toreros. Pero hay otros que si podrían controlarse y no se hace incomprensiblemente. Ayer pudimos ver como la lluvia y el viento daban al traste con el resultado de la corrida de Torrestrella que se dio en la Maestranza de Sevilla. La mayoría de los asistentes completamente empapados, a pesar de llevar paraguas, allí aguantaron hasta que se arrastró el último toro lo cual, desde mi punto de vista, supone una heroicidad. Pero es que además habían pagado altísimos precios por sus entradas sabiendo de antemano que estarían incómodos porque esta es una plaza bastante incómoda (comparece con Illumbe), como todas las antiguas, a pesar de los arreglos que se han hecho en los últimos años.
Dejar el resultado de un espectáculo al albur de que llueva o no, de que haga viento o no, me parece un anacronismo en el año 12 de siglo XXI, cuando los avances de la ciencia y la tecnología podrían resolverlo simplemente cubriendo la plaza, me parece un anacronismo intolerable. Pero esto no solo ocurre en Sevilla, puede también pasar en Madrid, Valencia, Córdoba, Málaga, por citar algunas de primera, no se remedia, yo no se por qué.
Si me dicen que estas plazas son monumentos intocables yo contesto que eso es una bobada. Se podrían cubrir las plazas sin que su estructura y su estética se viesen afectadas, al contrario, incluso se mejoraría en algunos casos. Resulta que nos han llenado el bellísimo paisaje español, en muchos lugares, de horribles molinos, para producir energía a precio de oro el kilowatio para, no lo duden, desmontarlos dentro de pocos años, porque eso no es rentable, y no pasa nada. Se han llenado las costas de montañas de cemento por un insaciable ánimo de lucro y tampoco pasa nada.
Los tiempos en que se decía, “los toros con sol y moscas” son historia muy lejana, afortunadamente. La persona que paga 30-50-60 y hasta más de 150 euros por una entrada, debe exigir, al menos, cierta comodidad y ciertas garantías, entre ellas no estar expuesto a las inclemencias de un sol abrazador, la lluvia o el viento que hacen casi imposible crear la obra de arte que pedimos al torero. De lo contrario se le está engañando y lo más probable es que no vuelva otra vez, como ocurrirá con muchos de los que ayer estuvieron en la Maestranza.
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Anacronismo intolerable
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