Comenzaba el mes de septiembre y en la puerta del Gran Hotel de Albacete, en pleno Altozano, corazón palpitante de la ciudad, aparcó un descapotable blanco. Del espectacular automóvil bajo un mozo vestido con pantalón blanco y camisa negra y tocado con un sombrero gris de los que lucían los protagonistas de las películas del Oeste americano. Aquel mozo, habría puesto rojos de envidia a Gary Cooper y a James Stewart, los actores de moda por aquel entonces en Hollywood. “Es Antoñete”, susurraban quienes esperaban ojo avizor al retortero del hotel, para ver llegar a los toreros en aquellos días de feria. Y efectivamente, era Antoñete. Un torero madrileño que había tomado la alternativa aquel año en la feria de la Magdalena de Castellón de La Plana.
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Antoñete, personaje irrepetible
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