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Aparicio, Litri, Valencia: Amor inquebrantable

De todos es conocido la querencia de los españoles por las banderías, en todos los órdenes, en todos los campos, como si nos pirrasen las rivalidades, que nos pirran, nacionales y republicanos, Suarez y Felipe, Madrid y Barça, por citar solo algunos enconamientos más reconocibles en la historia; y en lo que toca a nuestra materia Joselito y Belmonte, Manolete y Arruza como antecedentes inmediatos al duelo que protagonizaron dos jóvenes novilleros de cuya alternativa, 12 de octubre de 1950, se cumple el LXXV (setenta y cinco) aniversario, uno de los hitos más relevantes de la historia de la plaza de toros de Valencia que dividió el toreo, en este caso felizmente, en dos bandos. No se recuerda una efervescencia novilleril tan pasional, tan ilusionante, tan oportuna, fue el clic que permitió comenzar a despojarnos del duelo emocional que había provocado la tragedia de Linares. Hubo adhesiones inquebrantables con aquel movimiento que pasados los años siguieron vivas, hubo también reticencias (pocas) sin perder la cortesía de quienes como suele ser frecuente gustan de aferrarse a tiempos anteriores o los cánones más severos, que por esta vez no consiguieron otra cosa que añadirle picante al suceso.

Salida a hombros la tarde de la alternativa.

En la Valencia taurina, especialmente en la Valencia rural, no cabían en aquellos años incluso pasado el tiempo otros ídolos que ellos dos. Se era de Litri o se era de Aparicio, no había espacio para otras devociones (salvo las marianas, claro) y en las tardes grandes se entregaban sin reservas a uno y a otro con matices diferenciales; mientras que en los días de poca fortuna se decía, no ha habido gracia y se lamentaban del infortunio en el caso de Miguel, en momentos semejantes se enfadaban fuerte con el madrileño al que con frecuencia llamaban deshonrat, valencianismo que en traducción libre significaría desvergonzado que este caso conllevaba cierta tolerancia, en cualquier caso nada que durase más de lo que tardaba Julio en proponerse la redención con un novillo de triunfo o de menos triunfo dada su maestría.

"No se recuerda una efervescencia novilleril tan pasional, tan ilusionante, tan oportuna…"

La temporada de 1949 marca el arranque de su leyenda. Desde aquel año la plaza de Valencia queda íntimamente ligada a la historia de los dos diestros. Algunos lo consideran en principio un fenómeno estrictamente valenciano, y posiblemente en su descubrimiento y en la forma de vivirlo inicialmente lo fuese, pero muy pronto se muestra como algo de trascendencia taurina universal: Julio Aparicio y Litri es un sunami social que artísticamente va mucho más allá de la pasión de los valencianos y su cartel de grandes toreros se reconoce en todas las plazas y para siempre. Una vez más, Valencia servía de lanzadera y aviso al mundo de los nuevos valores. Aquella pasión, aquellos llenos, aquella gente, aficionados y menos aficionados, identificados con los dos jóvenes toreros no podía ser algo gratuito ni casual.

Los tres, Valencia, Aparicio y Litri que a su toreo emocionante y cuasi trágico añadía su condición de valenciano tanto por adopción directa de los aficionados como por el cincuenta por ciento de su ascendencia -su madre era de Gandía- se habían encontrado en las fallas del 49. Fue conocerse y enamorarse apasionadamente los tres, pero es la temporada de 1950, justo cuando los dos matadores están bajo el apoderamiento de Camará, cuando se desbordan todos los cálculos. Aquel año desaparecieron las corridas de toros. Ni en fallas ni en feria se programan festejos mayores. Sólo para cerrar la temporada, 12 de octubre, en un festejo que rápidamente se convirtió en leyenda, se anuncia corrida de toros: el festejo es el resumen y culminación de dos años de pasión que nunca se volverían a repetir con tales dimensiones. Aquella tarde Joaquín Rodríguez Cagancho concede la alternativa a los dos fenómenos. Naturalmente no cabe un alfiler en la plaza, llegan medios de comunicación de medio mundo y todo cuanto sucede se enraíza definitivamente en el territorio de la leyenda.

La pareja posando en las vísperas.

Ni se había vivido nada igual ni se volvió a vivir. En la feria de aquel 1950 se anunciaron seis novilladas, en todas toreaban Aparicio, Litri y un tercero a excepción de la sexta tarde en la que torean Aparicio y Litri mano a mano. En realidad, se trataba de la ampliación de un planteamiento que en las llamadas corridas falleras de aquel año ya se había experimentado con gran aceptación. En aquella primera experiencia se programaron tres novilladas con gran respuesta por parte del público y desbordante triunfo artístico. Basta con decir que el mismísimo día de San José, Litri cortó cuatro orejas, dos rabos y tres patas en una tarde en la que se desatan todas las pasiones.

"La antigüedad de los diestros se sorteó en la Asociación de la Prensa; los toros en el centro del ruedo"

Así que llegó la Feria de Julio y la empresa, entonces Puchades, Alegre y Barceló, tres valencianos que interpretaron como ningunos otros los gustos y la personalidad de la afición de esta tierra, esta vez en perfecta sintonía con el apoderado de los dos novilleros, deciden doblar la apuesta, en lugar de tres tardes, seis. Se les enfrenta en el ruedo a lo más florido del escalafón del momento, Dámaso Gómez, Félix Guillén, Paco Honrubia, Chaves Flores y Enrique Vera. La idea encuentra ciertas reticencias en algún reducto de aficionados, pocos, celosos de la categoría de la plaza y de los hábitos más tradicionales que no ven bien que no se programen corridas de toros ni que dos toreros, o mejor dicho, un profesional como Camará que ejerce el mando, ostente el poder absoluto en la plaza. Aquellas disidencias, hay que insistir que mínimas, no hacían más que añadirle más y más pasión al gran espectáculo en que se convertía cada tarde la plaza de Valencia entregada con dos jóvenes que, sin intención de comparar, venían a levantar el alicaído ánimo general que había generado la muerte de Manolete.

El gran día

Hasta llegar al gran día, 12 de octubre de 1950, ese año en Valencia se celebran veinte novilladas, en diez de las cuales, las que coinciden con las dos ferias y una fuera de los ciclos feriales torean Aparicio y Litri. La alternativa se va fraguando desde el triunfal arranque fallero, y a medida que avanza la temporada y los éxitos de la pareja se extienden por toda España, desplazando incluso el interés que pudiesen generar las importantes figuras del momento. Se habla y se habla si será así o asá, con este padrino o con aquel otro. Aquel año su predominio se convierte en algo tan evidente que no parece que exista vida artística más allá de los dos jóvenes novilleros. Camará deja que corran los rumores, hasta los alimenta con buena lógica promocional. Se da por sentado desde el principio que el escenario ideal para el ascenso de categoría es Valencia. Nadie lo discute. Se habla y mucho de Chicuelo, el torero de la Alameda de Hércules, entonces retirado, como posible padrino. En realidad, se habla de todo, por todas partes y constantemente. Se habla, se razona, se polemiza y se discute siempre en torno a tres nombres fijos: Valencia, Aparicio y Litri.

"Los hoteles y cafeterías, desde el Victoria al Fenix, se convirtieron en un hervidero de aficionados y curiosos"

Establecida la fecha, elegida la corrida de toros, sería de Antonio Urquijo, es decir procedencia Murube, encaste que tanto le gustaba a Camará, inclinados finalmente por Joaquín Rodríguez Cagancho como padrino en detrimento de Chicuelo, según me aseguró el propio Litri debido a la superstición de Camará que recordaba que aquel le había dado la alternativa a Manolete y a Manuel Báez, el anterior Litri, los dos muertos en el ruedo, solo faltaba decidir quien de los dos neófitos se doctoraría en primer lugar.

El cartel con los nombres en aspa, a la espera del sorteo que determinase la antigüedad.

No parece que haya gran problema, la lógica y la tradición señalan a Julio Aparicio que debutó con picadores con anterioridad y ha encabezado los numerosos carteles en los que han coincidido como novilleros. También es cierto que no hay una norma definitiva que obligue a que sea así y como además existe cierto pique entre los dos jóvenes, cosas de juventud dirían pasado el tiempo los propios toreros, se decide anunciarles en los carteles con sus nombres en forma de aspa a expensas de un sorteo que decida el orden con el que se “alternativarán” y, por tanto, la antigüedad en el escalafón de los matadores.

El acto, rodeado de una gran expectación, tiene lugar el mismo día de la corrida en los salones de la Asociación de la Prensa Valenciana, entidad que patrocina el evento. Gregorio Corrochano, director del España de Tánger y uno de los cronistas taurinos más celebre de la historia presta su sombrero y KHito, otra de las grandes plumas periodísticas de la época, colabora con su gorra a una ceremonia que se hace al modo de los sorteos tradicionales de los toros. Corrochano saca la bolita de Julio Aparicio, es decir que el orden de actuación de los dos fenómenos siguió tal y como estaba fijado en su etapa de novillero. Un notario da fe de la limpieza del sorteo, aunque siempre quedasen en el ambiente ciertas dudas. Al acto asisten la mayoría de los críticos locales, así como los más importantes revisteros llegados de todos los rincones del planeta de los toros, como el mismo don Antonio Diaz Cañabate, Clarito tan próximo a la casa Camará, o Enrique Vila.

Todos aquellos prolegómenos ayudan definitivamente a redondear la leyenda de una tarde que para entonces ya era como el desenlace natural a un movimiento socio taurino de difícil parangón. Naturalmente se acaba el papel. Ocho días antes del evento ya anuncian los diarios que no quedan localidades. Así pues, en el momento de iniciarse el paseillo, en la plaza no cabe un alma.

Un gran día

La ciudad ha amanecido resplandeciente. Es uno de esos días luminosos del otoño valenciano, cuando ya se atenúan los rigores del verano y apetece la calle. El entorno y las dependencias más abiertas del hotel Victoria, donde se visten los toreros, que por cierto no dejan de bromear entre ellos según cuentan los más próximos, es un hervidero de aficionados y curiosos que desde buena mañana dificultan incluso el acceso al hotel. Del entorno de la plaza, el bar de la misma que entonces caía en el actual rellano de la calle Alicante, de las cafeterías y rincones más taurinos como el Capellá, el Fénix o el bar del teatro Ruzafa, ni que decirles, el ambiente que genera el acontecimiento es puro abigarramiento popular, todo en Valencia ese día gira en torno a la alternativa de los dos ídolos. Se siente la fiesta. Incluso el triunfo.

"Corrochano, Clarito, Cañabate, Enrique Vila… la crítica nacional viajó hasta Valencia para dar testimonio del acontecimiento"

El resultado de la corrida no decepciona. Los toros de Urquijo resultan terciados, extremo que ha parecido preocupar más pasado el tiempo que entonces. El maestro Cagancho lo borda. Para él es prácticamente una reaparición y despedida. Breve pero sustancioso en su quehacer, es, como cabía suponer, el gran cobijo en el que se acogen los más puristas. El gitano de los ojos verdes, "La talla de Montañés", le apeló Corrochano el gran crítico de su tiempo, tiene detalles de auténtico deleite. No participa en el exuberante reparto de despojos triunfales, pero pasados los años siempre se recordó lo torero que estuvo aquel día y lo bien que cumplió con su papel de padrino.

Una de las perseguidas localidades.

Aparicio toma la alternativa a las cuatro horas y doce minutos según anotación de Joselillo en Las Provincias. Lo hace vestido de violeta y oro, con Farruquero, número 124, de 269 kilos de canal, negro y de buen juego; mientras que Litri, que viste un crema y oro que le han regalado los componentes de La Tertulia de los Litri, se doctora veintidós minutos más tarde con Pendolito, marcado con el 135, también de pelo negro y este con 283 kilos a la canal. El de Madrid, que desoreja por partida doble a su primero, le corta el rabo a su segundo después de una faena que los críticos calificaron de cumbre. El de Gandía corta dos orejas del toro de la ceremonia y una oreja al sexto tras una emocionante faena en la que resulta cogido. Ni que decir que los dos son sacados en hombros y llevados de tal guisa hasta el hotel.

Ya nunca nada fue igual. Nadie provocó tantas pasiones como Aparicio y Litri habían provocado hasta entonces, ni siquiera los mismos Aparicio y Litri. Todo cuanto sucedió fue irrepetible, apasionado, se tenía como propio en Valencia, sus triunfos eran los triunfos de todos, era (fue) orgullo de la tierra y con el tiempo... con el tiempo la leyenda siguió creciendo.

La pareja recibe la ovación del publico en su despedida como novilleros.

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Aparicio, Litri, Valencia: Amor inquebrantable

José Luis Benlloch

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