La víspera de que Morante entrase en la historia, Aparicio salió de la clínica. Apareció en la puerta del hospital envuelto en una expectación inusitada de fotógrafos y periodistas...
La víspera de que Morante entrase en la historia, Aparicio salió de la clínica. Apareció en la puerta del hospital envuelto en una expectación inusitada de fotógrafos y periodistas que le preguntaban a la vez que inmortalizaban el milagro de verle de nuevo en pie y en la calle. Como si saliese por la puerta grande de la vida, las preguntas se mezclaban con los aplausos y él asentía. Blaiser marino, camisa celeste, un pañuelo rojo anudado al cuello para disimular la cicatriz, aires de artista gitano, demacrado pero altivo, el maestro agradecía con gestos el cariño de los amigos y aficionados y señalaba a los cielos como responsables de su milagrosa recuperación. En realidad se trataba de un milagro sobre otro milagro. En tiempos de tanta desconsideración hacia la fiesta un torero recuperaba de pronto todo el halo de personaje especial que acompañó a los de su clase en otros tiempos. Julio, hijo del matador del mismo nombre y de Malena Loreto, bailaora de tronío muchos años en la compañía de la Piquer, payo y gitano por tanto al cincuenta por ciento, lucía galas de héroe. Es un héroe. Los aficionados ya le esperan en los ruedos y él desea como nadie ese reencuentro. Lea el artículo completo en su revista Aplausos
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