Hubo un tiempo al que esquiva a duras penas la nostalgia en donde la vida no sé si era mejor o peor, pero sin duda era distinta. Cuando los retratos envejecían con dignidad porque hasta los asuntos más fieros se podían resolver con palabras. Tiempos en los que las abuelas daban olor al pueblo cuando echaban la carne en las asaderas y hasta allí los perros holgazanes se acercaban a olisquear. Las casas no pasaban de ser un poco de adobe a los que la suerte les había concedido el don de la consistencia precaria. Los cerdos deambulaban por entre las madrugadas con esos andares paquidérmicos de quienes aún no se les mandó el aviso de la muerte y la tierra estaba musculosa: las cosechas de los tomates eran de color rojo, de amarillo oro las de maíz y los sembradíos parecían alfombras.
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Apología de la memoria
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