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Apoteosis del mejor José Tomás

Apoteosis justificada. Justificadísima. Obra de altos vuelos en el toro de la reaparición con dos momentos cumbres: un quite por gaoneras de impactante quietud y cercanía, y una tanda con la izquierda memorable. La réplica se la dio Josemari con elegante pausa y Padilla, que recurrió al heroísmo

Apoteosis tomasista en Jerez. Justificada. Justificadísima. Obra de altos vuelos en el toro de la reaparición con dos momentos cumbres: un quite por gaoneras de impactante quietud y cercanía, y una tanda con la izquierda memorable. La réplica se la dio Josemari con elegante pausa y Padilla, que recurrió al heroísmo con viaje de ida y vuelta a la enfermería cuando la tarde no había hecho más que comenzar. Tres orejas y un rabo para el de Galapagar y dos por coleta para los de Alicante y Jerez.

Sucedió en la última de la Feria del Caballo, en un ambiente desbordante. No faltó nadie, en un universo de la más dispar ideología, desde la repetidamente ovacionada presencia del Rey emérito hasta el izquierdismo contestatario de Sabina pasando por el pleno total del papel couché y de los grandes iconos del periodismo actual, hasta, a buen seguro, gentes llegadas de toda España que habían empeñado, como quien dice, el colchón. Y los antis, apenas un centenar, que una vez más vociferaban a la puerta de la plaza ignorando la riqueza que el toreo les había devuelto a su ciudad. Naturalmente, ni qué decir tiene que el papel estaba acabado en la plaza, no una vez, si no tres, en los restaurantes y en cualquier lugar público de un Jerez que parecía haber revivido sus tiempos de mayor esplendor. Así que al éxito artístico del madrileño, que consecuente con sus planteamientos de siempre no brindó al Rey, sí lo hicieron sus compañeros, hay que añadir un triunfo como dinamizador económico de las ciudades. Desde que Pacheco desde la alcaldía jerezana inició el derribo económico-social de esta ciudad, la Feria del Caballo no había vivido la intensidad festiva económica de este año.

Hay que decir que la corrida de Cuvillo, que ayer se reconciliaba con José Tomás, fue innecesariamente chica, con un toro excelente, el primero de José Tomás, y otro de muy buena condición, el segundo de Padilla.

La tarde se lanzó por el camino de las emociones apenas había arrancado la corrida. El toro que abrió plaza cogió aparatosamente a Padilla en medio de la consternación general, trasladado a la enfermería con la peor de las impresiones, ordenó que se detuviese la corrida mientras los doctores le atendían. Su faena estuvo cargada de decisión, gestos de torero macho y abundantes imprecisiones.

Todo seguido vino la gran faena de Tomás. Un quite por gaoneras en los medios, con el capote muy escondido en la espalda, que sólo sacaba cuando la cogida parecía inevitable, puso la plaza en pie. La faena de muleta al excelente Cuvillo tuvo ritmo, ajuste, templanza, el misterio que siempre acompaña al de Galapagar y un detalle técnico que marca las diferencias con todo el escalafón: la ausencia de toques. Nunca se defiende, siempre le espera. La cima fue esa tanda con la izquierda con la que abrimos la crónica. Si es verdad que la perfección no existe, en ese momento se rozó. Mató de excelente estocada y le concedieron incontestablemente el rabo.

Su segunda faena, a un toro manso y huido, de poca clase, acabó convenciéndole para que pasase por el pitón izquierdo. Siendo faena de exacto planteamiento técnico, estuvo en el territorio de los mortales. Mató de una estocada, se demoró en el descabello, afloró el cariño tomasista y le concedieron una oreja.

Josemari apostó por la templanza y su proverbial distinción. Administró con exactitud el empuje del toro y, sobre todo en los pases de pecho, redondos y al hombro contrario, recordó al Manzanares de las tardes buenas. La obra la remató de un soberbio espadazo en la suerte de recibir. Su segundo, manso y deslucido, renuente y desigual en sus embestidas, hizo imposible el lucimiento.

Padilla en el cuarto sacó a relucir todas sus virtudes, entre las que destacó el amor propio. Faroles de recibo, un buen tercio de banderillas y un arranque de faena de rodillas intenso y extenso, que a la postre sería lo más emotivo de su trasteo, pusieron la plaza en pie. Le concedieron dos orejas entre aclamaciones.

Al final, cuando más arreciaba la lluvia, los tres diestros abandonaron la plaza en hombros.

CRÓNICA PUBLICADA EN EL DIARIO LAS PROVINCIAS EL 07/05/2016

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Apoteosis del mejor José Tomás

José Luis Benlloch

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