Semana de dolor y espinas. Els segadors suena triste y melancólico. La Barcelona cosmopolita y tolerante se desangra a chorros. Yo crecí admirándola. Barcelona era el mundo moderno, vanguardia para pensadores y currantes, una ventana a la democracia, meca de soñadores, la tierra que mantuvo despierta la ilusión por vivir de muchas gentes. Todos cabían, todos cabíamos en Barcelona. Desde el Chino al Liceo, desde el Camp Nou a la Monumental, en sus teatros, en sus cines, en sus ramblas, en sus fábricas, los mejores habitaban en Barna y competían desde Barna. Era el otro modelo, la otra sociedad. Competencia sana, caballerosa, ciudad de acogida, tierra abierta a todas las culturas ahora convertida en la seu del prohibicionismo: una minoría sectaria la tiene secuestrada. O estás con ellos o contra ellos y fomentan un radicalismo agrio y destemplado que desenamora.
El último capítulo de esa guerra santa se ha perpetrado en el Parlament en una gran ceremonia de la confusión. Un pasteleo de pasillos, pactos y tratos, yo te doy y tú me das, hoy por ti, mañana por mí, compro, vendo, alquilo… política de campanario, compadreo de baja estofa. Posiblemente hubiese bastado con un poco más de tiempo, otro giro de tuerca a la presión fiscal, cuatro gotas más de indiferencia política y adiós toreo… lo mismo que habían hecho en el resto de Cataluña, pero querían ganar ya, querían la foto de la victoria, la firma y el regodeo y montaron ese número. Un nuevo entierro, el penúltimo, de lo español. Ahora los amantes del toreo tenemos la esperanza puesta en una reacción de la sociedad civil. De la catalana y la española en general.
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