El toreo, como todas las artes, es rico en matices, y, como el sistema planetario, se rige por unas leyes naturales no escritas que permiten a los toreros de distintos estilos y sensibilidades moverse con independencia, sin peligro de chocar unos con otros. Existe, por tanto, también en el toreo, una especie de equilibrio universal que armoniza los movimientos de rotación y traslación, así como las velocidades de los componentes del firmamento taurino.
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