Este año taurino que comienza a entrar en su punto álgido está ofreciendo un nuevo estilo en la relación entre apoderados y toreros. A Alberto López Simón que ha “despedido” a Julián Guerra, le ha seguido Sebastián Castella, que de forma parecida ha roto con Manuel Martínez Erice.
Este año taurino que comienza a entrar en su punto álgido, después de bordear el Cabo de Buena Esperanza que significa la Feria de San Isidro, está ofreciendo un nuevo estilo en la relación entre apoderados y toreros. A Alberto López Simón que ha “despedido”, así como suena, a Julián Guerra, le ha seguido Sebastián Castella, que de forma parecida ha roto con Manuel Martínez Erice.
Lo novedoso es que estas cosas que, después de “amigable conversación” y previos “agradecimientos” mutuos, solían ocurrir al finalizar la temporada, en este ejercicio se están produciendo cuando más intenso es el trafago del ciclo taurino del año. Y al parecer, según se desprende de la redacción de la noticia, las rupturas se producen a la brava y unilateralmente. Aquí ya nadie usa la diplomacia para cambiar de apoderado, ni utiliza la fórmula clásica de “estoy muy agradecido y seguiremos siendo amigos”. Los desencuentros se explican -o no se explican- con más crudeza y contundencia.
Anteriormente el torero solía decir; “es un simple cambio de ritmo o perspectiva en mi carrera”. Ahora se ha impuesto el “por ahí te pudras” o el “con la música a otra parte”. Aparte de que las rupturas acostumbraban a surgir finalizada la temporada, a la hora de la presentación de cuentas. No digo que toreros y apoderados tengan la obligación de dar tres cuartos al pregonero sobre sus interioridades económicas y estrategias profesionales, pero algo menos de secretismo sería bueno para que el aficionado supiera la menos en la dirección que van los tiros.
Aunque es de presumir que en toda ruptura subyace una razón económica. Ya decía el gran Manolete que “del dinero de los toreros, la mitad de la mitad”. Aunque en el caso de López Simón, me temo que existían otras motivaciones de carácter humano que aconsejaban el cambio. Pero eso le corresponde al torero hacerlo público o guardárselo entre pecho y espalda. Que al fin y al cabo también los toreros tienen su corazoncito…
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Baile de apoderados
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