Los novillos de Flor de Jara, procedentes de Buendía Santa Coloma, tuvieron todos los defectos de ese encaste, pero también sus virtudes, que son muchas y distintas a los muermos que nos metimos entre pecho y espalda otras tardes
De momento me sentó como un tiro. Se me fue el sonido de Canal-Toros. Me quedé sin las ocurrencias de Chapu y Valverde y a punto estuve de renunciar a visionar el espectáculo, pero seguí frente al televisor y al final, reconozco que disfruté de la novillada de Las Ventas sin que nadie pretendiera dirigir mi percepción de lo que ocurría en el ruedo. Gracias a un defecto encontré la virtud, para los días que quedan de transmisiones taurinas del San Isidro de este 2017. Gracias Señor: ¡Hoy he descubierto la bendición de “la música callada del toreo” de Bergamín!
Los novillos de Flor de Jara, procedentes de Buendía Santa Coloma, tuvieron todos los defectos de ese encaste, pero también sus virtudes, que son muchas y distintas a los muermos que nos metimos entre pecho y espalda otras tardes. Los tres novilleros, Juan Miguel, Alejandro Marcos y Ángel Sánchez, pelearon, cada uno a su manera -como Frank Sinatra vestidos de luces- con la raza de los santacolomeños. Uno, Juan Miguel, sufrió, en su empeño de meter a su segundo en la muleta, una voltereta espeluznante que le valió una oreja -generosa pero justa atendiendo a su tesón y entrega- de un presidente, por fin, con sensibilidad para premiar a quien da todo lo que tiene sea poco o mucho.
Marcos y Sánchez -nada que ver con el del “no es no”- demostraron estar más puestos y preparados para el empeño de acercarse cada día un poco más al cumplimiento de su ilusión de ser matadores de toros. ¡Bendito silencio!
Cuando las cosas en el ruedo no iban demasiado bien, entornaba los ojos y todavía me recreaba con las imágenes, grabadas en el disco duro de mi cerebro, de un gigantesco Enrique Ponce que el viernes puso tan caro el pescado en Madrid.
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¡Bendito silencio!
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