La crianza del toro bravo va más allá de los sonoros nombres de las ferias. Durante muchos años existía un segundo circuito -ahora menos, ahora está todo más mezclado- cargado de honorabilidad y leyenda en el que habitaban ganaderos de vocación, gente dura, hombres curtidos y resistentes al trabajo, listos en el trato, celosos de su prestigio y de la nombradía que se habían labrado en los pueblos y en plazas menores, esas que ahora tanto echamos a faltar. También entre ellos había figuras, tenían sus plazas importantes donde se les reclamaba todos los años, pocas ataduras con los toreros y una libertad que les permitía mandar de lo suyo. Y si sus toros triunfaban volvían, si ellos cumplían volvían. Uno de ellos era, lo sigue siendo porque se le recuerda y porque su hijo sigue en la brecha, Benito Mora, familia de ganaderos durante varias generaciones al que entrevisté para el programa de Canal 9. De aquella visita a su finca de Valtablao, en la sierra de Albarracín, allí donde nace el padre Tajo, hemos rescatado este fragmento de entrevista. Es un homenaje a él, a la gente sana y sencilla del campo, y a una manera muy auténtica de vivir el toro.
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Benito Mora, honores y leyenda de un ganadero romántico
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