Ha muerto el torero de plata Adrián Gómez. Parece que fue ayer cuando un toro lo sentó en una silla de ruedas y ya está con los arcángeles banderilleros, allí donde no se pagan impuestos ni los independentistas catalanes pueden prohibir la Fiesta. La de 2010 ha sido una temporada dura. Ha habido mucha leña y la parte más cruel ha correspondido a las figuras. Han ido al hule, con cornadas verdaderamente terroríficas, José Tomás y Julio Aparicio. Manzanares y Perera han sufrido lesiones que en otros tiempos quizás les hubieran apartado definitivamente del toreo. El mexicano Macías, un caso de persistencia en la desgracia, ha permanecido más tiempo en la cama que en pie. A partir de ahí, pongan ustedes la mitad del censo torero pasando por el quirófano y quizás no exageren. O sea, que ha habido muchas cornadas, porque los toros cogen y los toreros han tirado la moneda al aire y han apostado fuerte, cada uno en su tapete. Pero no nos confundamos, eso no quiere decir que la temporada que ha finalizado haya sido la de la recuperación de la cabaña brava. Recordemos, y no es el típico tópico, que a Antonio Bienvenida lo mató una insignificante becerra y que a Domingo Ortega otra chota le pegó la cornada más fuerte de su larga vida torera. O eso me contó él mismo, el día del célebre festival celebrado en Barcelona en beneficio de los damnificados por la riada del Vallés, allá por los años sesenta.
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