Este próximo invierno debe ser el de la reflexión para el toreo y todo lo que lo envuelve, distorsiona y empequeñece. La temporada que finaliza ha dejado patente que de continuar las cosas como están, el negocio montado alrededor del arte de Cúchares se desplomará poco a poco en el abismo del desinterés, víctima de sus propios vicios y de una guerra de guerrillas sin gloria ni supervivientes. Aún tengo vivo el recuerdo de cuando mi madre, asustada por los precios de la posguerra, los comparaba con los de “tiempo normal”.
El “tiempo normal” para ella era aquel en que todavía media España no se había empeñado en acabar con la otra mitad. Ahora, la gente del toro también tendrá que echar mano de aquel latiguillo para hacer referencia a los tiempos en que los protagonistas no se enzarzaban en querellas suicidas e insensatos egoísmos, que sólo benefician a los enemigos del espectáculo taurino.
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