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Cardiacos, abstenerse

Aquellos dos pitones eran un auténtico bombardeo y a Paco Ureña lo salvó del hule el santo patrón de La Escucha (Lorca), pues en cada pase ululaban las sirenas. Pero el lorquino hizo caso omiso del agobiante sonido y no buscó el refugio ni un momento.

Madrid. Viernes. Corrida de Núñez del Cuvillo, con un cuarto toro no apto para cardiacos, durante cuya lidia el equipo de cirujanos de Las Ventas miraba más hacia la puerta de la Enfermería que al ruedo. Aquellos dos pitones eran un auténtico bombardeo y a Paco Ureña lo salvó del hule el santo patrón de La Escucha (Lorca), pues en cada pase ululaban las sirenas. Pero el lorquino hizo caso omiso del agobiante sonido y no buscó el refugio ni un momento. El toro era una prenda y el torero le plantó pelea a la brava, y cinco o seis veces que logró sorprenderle le sopló otros tantos naturales de lujo. Pero hubo más…

Ureña mostró la clásica actitud del baturro en la vía del tren: “chifla, chifla, que como no te apartes tú, yo no me aparto”, y ni notar su cuerpo sitiado por los pitones, un instante que duró un siglo, le hizo apearse de su decisión de triunfo. Y así, pese al desacierto con la espada, consiguió hacerse respetar por un público, que tal parecía que hubiera ido a la plaza haciendo la digestión de un asado de carne de pantera. Ya a su primero le había cortado una oreja, toreando bajo el signo del valor y la inspiración. Dejó Ureña la impresión, una vez más, de que Lorca, como Valencia con El Choni en su tiempo, tiene un torero de postín.

El joven David Adame, no gozó ni un instante del beneficio de la duda que se le suele conceder a los confirmantes, y ese sector de público referido más arriba no le dio ni un minuto de cuartel. Lo trató con la exigencia que se trata a la figura consagrada. Así es la plaza del foro algunos días. Suerte para el “manito”, que, en su segundo, a fuerza de pisar terrenos prohibitivos, obligo a cambiar de talante a “los rectificadores gritones”, que acabaron rindiéndosele sin condiciones. Y tanto fue así, que, de haberse mostrado menos premioso con la toledana, una oreja habría ido a parar a sus manos.

Castella no tuvo su tarde. Y no es que estuviera mal, puesto que es un valiente reconocido, su toreo continúa siendo templado, despaciosos y de calidad, y su conocimiento de los terrenos, cosa más que probada. Pero el público venteño lo trató con la frialdad que se trata a la gente de casa.

¿La corrida de Núñez del Cuvillo?... Pues si quieren les digo una cosa…Parecían criados con pienso distinto al que comen los del mismo hierro que lidian las figuras. Será casualidad, pero… ¡Coño, que casualidad!

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Paco Mora

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