Cada año, la plaza francesa de Ceret concita la atención del mundo torista. En su pequeñísimo ruedo se profesa la religión del toro y los aficionados que pueblan los escaños, venidos desde los cuatro puntos cardinales, basan su ceremonia en admirar el juego de este animal que da sentido a su existencia, como ocurrirá los próximos días 14, 15 y 16 de julio cuando se abra la puerta del toril y los astados de Miura, Raso de Portillo, Saltillo y José Escolar salgan a la arena.
Arracimados, como esas cerezas que dan a Ceret sabor, color y denominación de origen, llegan cada año los aficionados de todos los rincones del planeta taurino a esta población fronteriza para disfrutar de la pasión por el toro. Quienes acuden a la coqueta plaza ceretana no lo hacen en el sentido de ir a los toros como espectáculo, sino como religión en torno a la figura de un animal totémico que es ensalzado a su máxima divinidad en esta localidad que descansa a los mismos pies de Los Pirineos.
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Ceret, la religión del toro
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