La idea de anunciar a Chamaco en la fecha central de la Pascua taurina fue una aventura de riesgo. Para la empresa, Juan Bautista y Lola Jalabert, y para el propio torero, arrancado de su escondite de veinte años. Una extraordinaria corrida de Jandilla, dos toros bravos, una faena de intensa emoción. Sin su pureza original, el grito de guerra de sus años de novillero volvió a escucharse en el Anfiteatro. Salió bien la apuesta.
- La primera vez que se oyó el gran alarido festivo fue un golpe de sorpresa. Luego, cuando pasó a repetirse por sistema, alcanzó la categoría de rito litúrgico. Siempre la misma voz, un solo grito sobrecogedor
- Con el cuarto dio la talla. Enfadado, suelto, sin freno, ni se planteó elegir terreno, sino que fue un todo seguido sin más pausas que las precisas para tomar aire
- Se vio la versión del Chamaco deliberadamente excéntrico: llegada a la reunión describiendo curvas en una carrera graciosa, el molinete de rodillas cosido con dos más, y el de pecho larguísimo, limpio, tirado muy en vertical. El ruido fue enorme. La electricidad, también
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