Categorías: Opinión

Cogida gravísima de Escribano

La confianza es mala compañera. Escribano entró a matar en la rectitud y un giro final del toro en el cruce le dio la vuelta al signo festivo de la corrida y a punto estuvo de convertirse en mortal.

Drama en San Juan. La fiesta se truncó cuando menos se esperaba. En la última corrida de toros de la feria, Manuel Escribano pasaba de muleta con pausa y sosiego a un nobilísimo toro de Adolfo Martín como si estuviese en el patio de su casa. Despacioso, sereno, disfrutando en una faena que suponía un paso de calidad con respecto al toreo que le habíamos visto hasta ahora. En ese estado de felicidad y confianza se perfiló para entrar a matar a “Madroño”, nombre de familia señera en la casa de los albaserradas. La confianza es mala compañera. Entró en la rectitud y un giro final del toro en el cruce le dio la vuelta al signo festivo de la corrida y a punto estuvo de convertirse en mortal. Un torrente de sangre, cuando apenas le había dejado caer “Madroño”, dejó constancia de lo certero que había sido y de la gravísima cornada que llevaba el sevillano. Trasladado con máxima premura a la enfermería, era evidente que la vida de Manuel estaba a expensas de las manos sabias de los doctores. Las noticias tardaban en producirse. Pasaban los minutos y sólo se sabía que le estaban operando. La incertidumbre crecía. Finalmente, cuando el festejo estaba concluyendo, surgieron las primeras informaciones que aseguraban que todo estaba bajo control. Su gente de confianza anunciaba que la cornada afectaba a la vena femoral, que le estaban interviniendo y que había perdido mucha sangre, pero que habían conseguido estabilizarle. También anunciaron la existencia de una segunda cornada en los testículos, a la que en principio restaban importancia teniendo en cuenta la gravedad de la primera. A pesar de todo, cundió el buen ánimo y la esperanza ante el magnífico equipo médico de la plaza de Alicante. Al cerrar esta crónica se tenía previsto trasladar al torero a la clínica Perpetuo Socorro de la ciudad.

Todo ello sucedió en la última corrida de lidia ordinaria de la feria, en la que se lidiaron seis toros de Adolfo Martín de desigual presentación y variado e interesante juego. Bravo e importante fue el segundo toro de la tarde, que infortunadamente volvió vivo a los corrales por la impericia con el descabello de su matador y las urgencias del señor presiente. Y hubo otro toro de muy buena clase, el mentado “Madroño”, que por mayor infortunio todavía quedará en el recuerdo no por su bravura sino por ser el protagonista del grave percance. Como en días anteriores la plaza se llenó y hubo pasajes muy celebrados. En ese ambiente, Manuel Escribano banderilleó excelentemente a sus dos toros. Los toreó de capa con oficio y parsimonia. Al toro de la desgracia lo recibió por faroles en la puerta de chiqueros y en los dos se mostró muy sereno y fácil. Al primero le cortó una oreja y otra logró del toro del percance, del que el público pidió insistentemente la segunda, que el presidente, de una manera extraña y poco sensible, se resistió a conceder. El tema de los presidentes esta feria es de difícil explicación. Lo mismo se liaban la manta de la tómbola orejera a la cabeza, que se ponían cicateros e intransigentes.

Paco Ureña toreó mejor de lo que el resultado de trofeos pueda dar a entender. Por encima de sus dos oponentes, siempre desde planteamientos absolutamente clásicos, toreó en la línea que le ha dado cartel de torero de ferias. En el primero ligó, siempre de frente, muy asentado en la arena, el natural con el de pecho con mucha categoría. Sólo lo aplomado de las embestidas del toro impidió que la faena adquiriese mayor vuelo. En su segundo, un torazo de casi 600 kilos, pese al ambiente de tragedia que reinaba en la plaza le presentó batalla con los mismos argumentos: verdad y firmeza. Tanto insistió, que le pidieron reiteradamente que lo matase.

El alicantino Paco Palazón no tuvo suerte y cumplió una actuación de más a menos. Toreó con gusto a su bravo primero, logró muletazos muy jaleados y de buen gusto, trató de disimular su falta de oficio y finalmente su falta de acierto con el verduguillo hizo que escuchara los tres avisos con el consiguiente disgusto general. Su segundo, que salió cuando la consternación en la plaza era mayor, sacó peligro y problemas que desbordaban la capacidad lidiadora de Paco. Al final del festejo no había más cuestión que la realidad sangrienta de una tarde que se torció cuando menos se esperaba. Cosas del toro.

CRÓNICA PUBLICADA EN LAS PROVINCIAS EL 26 DE JUNIO

"Misticismo, luz y magia", la crónica del 24/06/2016

”Un general y dos guerreros”, la crónica del 23/06/2016

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José Luis Benlloch

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