El domingo día 29 vi en Arnedo, a través del Plus, a un novillero francés que se anuncia Clemente. Muy joven, rubicundo, pecosillo y de figura breve y torera, el tal Clemente me interesó porque no tiene nada que ver con esos productos clonados, auténticos pegapases que se parecen entre ellos como las gotas de agua entre sí. El galo Clemente tiene ese divino tesoro que es la personalidad. Y sin embargo, su manera de estar ante los novillos y de manejar los trastos se atiene a las normas del más puro y estricto clasicismo. No es un novillerito de “whatsapp”. Déjenme que cometa un sacrilegio; a mí me recordó al Pepe Luis Vázquez de su época de novillero. No me refiero al estilo ni al concepto sino a la impresión de torería que derrama en su deambular por el ruedo. Será o no será, pero da gusto verlo porque le reconcilia a uno con el toreo eterno. Y además es distinto. Quédense con el nombre. Clemente se llama.
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