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Cuando el toreo se convierte en un acto de fe

La corrida del arte se convirtió en un acto de fe de principio a fin. Y de paciencia. Prohibido enfadarse era el lema. O eso parecía. Que tardan en empezar, paciencia. Que no comparece la bravura, paciencia. Que llueve, paciencia. Que a los artistas no les llega la santa inspiración, paciencia. Y así hasta tres toros o más. Esa era la postura del gran auditorio, más de media plaza que en aquellas condiciones climatológicas se puede considerar puro milagro. Y si alguno levantaba la voz lo hacía con resignación. Sin ira. ¡Juampedrooooo!... y ya. Se trataba de disfrutar con los artistas, especialmente con Morante, que motivos viene dando para tan distinguido trato y como bien está lo que bien acaba, casi tres horas después de la hora de comienzo, la gran mayoría dio por bien empleada la desconsideración de la espera, veinticinco minutos de deliberación previa nada menos -toreamos no toreamos, toreamos no toreamos- y hasta la crudeza de una tarde fría, desapacible e inclemente, de las que se soportan solo desde la fe ciega en los dioses. Y como, insisto, bien está lo que bien acaba casi se nos olvida el frío, el agua y hasta el boicot a que sometieron todas las ilusiones de los aficionados la torada, me resisto a decir la corrida, de Juan Pedro, otra juampedrada más en Valencia. Descastada, fondona, bonitos en la primera parte si quieren rescatar algo positivo, pero lejos de los mínimos que se deben exigir a un toro bravo. En realidad bravos no hubo ninguno, ni siquiera el pastueño sexto.

Morante no necesitó toro, lo suyo fue un ejercicio de magia, nada por aquí, nada por allá y ¡ale hop!, el arte del toreo, que también permite esos preciosos engaños

Y con ese ambiente sucedieron cosas muy reseñables. Antes que nada la predisposición del auditorio. Lo pronto que el público cambió los pitos de la espera en ovaciones, al punto que no habían rematado el paseíllo los diestros y ya tuvieron que salir a saludar al tercio ante tanto aplauso. Luego fueron capaces de perdonar y hasta de olvidar lo poco o nada que pasó en los tres primeros más allá de dos lances dormidos y redondos, ¡qué maravilla! de Ortega. A una desilusión, le sucedía otra. Morante anduvo voluntarioso, hasta en exceso, se olvidó que lo que no puede ser no puede ser e insistió contra su filosofía cuando lo que pedía el cuerpo era ir al grano o sea al arte, que para los trabajos ya hay otros. Sus compañeros lo entendieron mejor y tanto Ortega como Aguado tomaron el camino de la brevedad a la espera de mejores opciones. Las que llegaron en la segunda parte.

Cuando Morante se quitó las zapatillas armado de muleta y espada para irse en busca del cuarto ya lo había toreado a la verónica de manera personalísima. Diría que a toro parado. En realidad fue a toro parado, el juampedro embistió como si estuviese en el último tramo de la faena, rendido y entregado, y Morante lo esperaba, lo embarcaba, se reunía, lo templaba, le mandaba y lo dejaba colocado para la siguiente. Y así una vez y otra y otra hasta llegar a la media cuando los corazones, tampoco el toro, daban para más. Fueron momentos escultóricos, de pulsos parados, lo único alterado era el corazón del morantismo, el rugido de la plaza. Fueron lances en los que el diestro pasaba las dos manos para llevar al toro lo más lejos posible, viaje en el que la pasión del torero contrastaba con la desgana del toro, cualidad que añadía mérito y misterio.

La faena de muleta mantuvo la tónica. Fue un soliloquio. Si el toreo es responsabilidad de dos, de la inteligencia, inteligencia y expresión del torero, y la emoción que aporta la bravura del toro, en este caso toda la responsabilidad y todo mérito recayó sobre el torero. Morante no necesitó toro, la belleza, el temple, la capacidad de convicción para que el toro no desertase de aquel baile, fue responsabilidad suya, un ejercicio de magia, nada por aquí, nada por allá y ¡ale hop!, aquí el arte del toreo, que también permite esos preciosos engaños.

Aguado se rebeló desde una elegante serenidad, sin altercados ni algaradas. Al sexto lo toreó o mejor lo acarició desde que se encontraron hasta que se despidieron

Y si Morante se descalzó, Aguado se rebeló desde una elegante serenidad, sin altercados ni algaradas, sucedió en el sexto, el toro más posible de la tarde, al que toreó o mejor dicho acarició desde que se encontraron hasta que se despidieron. Como preámbulo de la excelente obra que estaba a punto de redondear, lo lanceó entre ovaciones con más garbo que ajuste y se fue arriba definitivamente. Habían llegado las musas. Su comienzo de faena fue una preciosidad, cinco perlas engarzadas, de puro ensueño, poder y mimo a la vez que es combinación al alcance de pocos, poder para marcar las posturas, aquí mando yo, por si acaso el juampedro tenía dudas, y mimo, caricia, para administrar sus edulcoradas embestidas. Una faena justa y medida, lo que siempre fue el toreo y el que quiera más que vuelva otro día, que una cosa es torear y otra trabajar. Mató con aseo y prontitud y cortó la única oreja de la tarde. Decir también que Ortega más allá de aquellas dos verónicas no tuvo más opción ni tampoco inspiración. Supongo que habrá impacientes, yo sigo esperándole.

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Cuando el toreo se convierte en un acto de fe

José Luis Benlloch

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