Sevilla, España, el planeta toro… convulsionado. Paren las rotativas. El de la Puebla herido de mucha gravedad por el toro cuarto en la Maestranza. Morante lo había vuelto a hacer, pero no le conformó una gran faena. El genio quiso más y fue más allá. Había que romper barreras. Responsabilidad de ídolo se le llama a eso, prohibidas las decepciones. De la fiesta pasó al drama. De las alegrías a la saeta, del gozo al quejío. De la lidia sedosa al desgarro de la cornada. La tauromaquia al completo. Ese territorio donde la gloria se paga con sangre. Esa es la verdad diferencial que ha traído al toreo hasta el siglo veintiuno por encima de los cambios de sensibilidades. Justo lo que le permite resistir en pie y le sitúa por encima de otras artes. En la Maestranza, Morante mediante, pasamos, se pasó, de un milagro a otro. En menos de lo que cuesta contarlo el arte se hizo dolor. Y verdad. Otra cosa sería ballet, disciplina importante, de gran rigor artístico, pero en un rango inferior, el del tremendo tramo que hay entre la vida y la muerte. Tal cual. En la Maestranza se aclararon las diferencias. Quizá fuese necesario. Estaba siendo tal la regularidad en el éxito del maestro que se estaba perdiendo el sentido de la realidad, no se valoraba el riesgo real del buen toreo. Como si ese girar sobre los talones y quedarse puesto y expuesto frente a los pitones a expensas de una flámula roja y la obediencia que le pudiese dispensar el toro, fuese moneda corriente o fácil. Lo pareció en el toro que abría plaza, pero hasta ahí llegamos. Morante le dibujaba arabescos, creaba con el capote, las gaoneras para sacar el toro del caballo y volverlo a colocar fueron pura fantasía, a los muletazos de puro sometimiento le seguían otros sin solución de continuidad aliviados y vistosos como para hacer creer al toro que su victoria todavía era posible. Es la ingeniería que sostiene al arte, lo que no se ve o se ve menos.
Un bravo Borja Jiménez volvió a cerrarse la Puerta del Príncipe por el mal uso de la espada
Luego vino lo que vino. En el recibo a su segundo, el toro que estaba destinado a cerrar una feria memorable para él y para quienes la disfrutamos, el maestro decidió salirse hacia los medios, ese era otro reto, irse a los terrenos del toro y en el camino un leve desajuste, la rebeldía bruta del morlaco que no sabía de tauromaquia o sabía demasiado, arrolló a Morante, hizo por él en la arena y se mostró certero y presto en el derrote antes de que los capotes de los compañeros llegasen al quite. A la ambición de un artista que teniéndolo todo quiso más, se le cruzó la fiereza del toro que cumplía con su obligación, no lo anatemicemos, la de dar importancia al toreo, sabido es que la ley del toro es la que da gloria, en sortearla está el milagro del buen toreo. Fueron momentos duros, muy duros y pasado el tiempo, a mí me parecieron horas, seguíamos sin noticias, pendientes, ahora, de la ciencia médica.
De la fiesta pasó al drama. De las alegrías a la saeta, del gozo al quejío. Así fue la tarde de Morante. Foto: Arjona
Se me había olvidado, qué barbaridad la mía, contarles que a su primero, ¡oh, sorpresa! lo recibió con unas chicuelinas de alta tensión y fino aleteo, le hizo el referido quite por gaoneras, también que en la faena de muleta convirtió por esta vez el codilleo en regusto, que hizo parecer todo fácil, hasta se excedió en la métrica, que abrochó la faena toreando al natural y de frente en lo que se debe entender como un homenaje al gran Pepe Luis, el de San Bernardo, y que mató a ese toro en la rectitud absoluta, como cuentan que los mataba el Espartero, tan derecho que le pespunteó la femoral y le rasgó la taleguilla, encuentro que bien hubiese merecido un bronce de Benlliure y que a todo eso el presidente debió estar mirando hacia otro lado y solo le concedió una oreja para caer en un sangrante agravio comparativo y eso especialmente en Sevilla está feo. No todas las orejas valen lo mismo.
Tras Morante a los compañeros de cartel, Borja Jiménez y Tomás Rufo, les tocaba bracear a corazón abierto para salvarse sin palmar en la comparativa. Borja lo hizo con gran fortuna, bravo, decidido, constante, su recibo a porta gayola al sexto fue épico, su toreo esforzado, firme, ambicioso, no se puede decir exquisito, pero sí de mucha verdad. Se cerró la Puerta del Príncipe con la espada, maldición que le ha perseguido dos días seguidos y es detalle que le puede llegar a perseguir en su carrera. Lo seguirá intentando, eso seguro. Rufo, con menos fortuna en el reparto de oponentes, persiguió el triunfo con gran decisión, buenas maneras y poca suerte. Y en el remate de la crónica subrayar que todo eso fue posible con la colaboración de un excelente encierro de Matilla. Y que acabada la corrida la gente abandonaba la plaza más que cansada exhausta. Tanta emoción, tanto sobresalto, los pellizcos de Morante, la cornada, la rebelión de Borja, la frustración estoqueadora de él mismo, la disposición de Rufo, los toros de Matilla… ¡uf!
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Cuando la gloria se paga con sangre
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