El otoño se ha llevado a cuatro matadores de toros: Fundi, Rivera Ordóñez, Antonio Barrera y Cayetano. Cuatro historias muy diferentes. Y cuatro finales que tampoco se igualan. Fundi se va tras veinticinco años de roer huesos y alimentarse de la escasa sustancia que le ofrecían. Fundi se va con todas las medallas de esta tropa que viste de luces. Salió de la Escuela de Madrid soñando tardes de gloria y de gozo. Y la vida le llevó por el camino empedrado y minado de bombas lapa. Pero ahí se curtió un héroe, un torerazo para cualquier época. El toro más duro, desabrido o fiero fue doblando las manos ante la gallardía de un guerrero con alma de artista. Aguantó un cuarto de siglo en ese frente de batalla sin olvidarse nunca de que sabía torear, aunque difícilmente lo podía poner en práctica. Para estar venticinco años en ese territorio hay que tener muchos pulmones, mucho oficio, mucha cabeza y muchos cojones. Porque nunca buscó la astracanada y el embuste; y por eso al final tuvo algunas oportunidades de demostrar su magisterio, su temple y su casi perfecta espada.
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Cuatro finales diferentes
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