Se acabó San Isidro. No hubo suerte. Ni siquiera la necesaria para que se acabasen redondeando las tardes clave, esas que hacen olvidar y/o disimular los días negros o los fiascos ganaderos o las peleas de los taurinos o hacen pensar que esos claros amenazantes que aparecían con frecuencia en los tendidos tendrán pronta solución. Esa falta de suerte no es culpa de nadie, ni de los toreros ni del toro ni de la empresa ni del público aunque lo pueda parecer, eso lo lleva el propio toreo. Una obra, un milagro con mil costuras. Ahí está el ejemplo de Fandiño con los adolfos. No cabe más disposición, rebosaba torería desde que se abrió de capa, también clarividencia, seguridad, le estaba cuajando toreo de muchos kilates a un toro bravo con sus misterios que interpretar -por el izquierdo por ejemplo era imposible y él lo había visto- la plaza era un clamor, suponía el reencuentro con la gloria al mejor estilo de Madrid, suponía cerrar la feria en las alturas, reconocer los méritos de un torero en sazón, todo marchaba hasta que una voz lo destempló todo. Una voz entre veinte mil bastó para que se deshilvanase aquel clímax de faena grande. ¡La izquierdaaaaa, Fandiñoooo, la izquierdaaaa! gritó el hombre ávido de notoriedad. El deseo, en este caso debilidad del torero, por demostrar el error ajeno lo descosió todo.
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De cómo se descosió San Isidro
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