La capacidad de reanimación del toreo es ejemplar. Única diría. Habría que aprovecharlo más. En horas hemos cambiado el ceño fruncido y la mirada mohína por la tensión más esperanzadora. Han bastado unas cuantas declaraciones de intenciones. Buenas intenciones. Y todos nos hemos venido arriba. Unos eufóricos. Otros cabreados, normalmente porque su estado natural es de cabreados. También eso es fiesta. Al fin y a la postre en el toreo caben todos los gustos y credos. Aunque lo acabamos teniendo por normal hay casos entre los segundos, los eternos cabreados, dignos de un sicoanálisis. Una vida entera llevamos pidiendo que las figuras hagan gestos del estilo Quiero matar la de Miura en Sevilla y cuando llega Juli y lo hace se supone que debiera despertar clamores unánimes, pues no. En plena euforia aparece alguien y pregunta pongo por caso, entre inquisitorial y curioso, dónde van a torear ahora los que normalmente la toreaban, que por cierto, digo yo, clamaban por torear otras. Te lo preguntan y te dejan los ojos a cuadros y hasta con mala conciencia.
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De eufóricos y cabreados
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