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De ida y vuelta

Dos datos de San Isidro son ciertos: la aparición nada anecdótica de toreros mexicanos en el elenco y la desafortunada aportación de las ganaderías toristas.El dato primero es el relevante: tímidamente, pero se ha reanudado el lazo que trae y lleva...

o traía y llevaba como péndulo flotante el toreo entre España y México, que son las dos patrias mayores del torear. Torearon en San Isidro, y torearon bien tres matadores mexicanos de generaciones distintas. El más moderno y nuevo, el valiente Arturo Saldívar, que a corazón batido, indiscutibles el aguante y la firmeza, confirmó alternativa el 15 de mayo con una dispar y dislocada corrida de Cuvillo y fue doce días después llamado en repesca en la segunda sustitución de Curro Díaz. Para una corrida todavía más dispar que la de Cuvillo. Del hierro de Las Ramblas. No la primera ni la segunda ni la tercera de las plantaciones o implantes de sangres de Salvador Domecq en la sierra torera de Albacete. El último de la corrida, a punto de cumplir los seis años del tope reglamentario, fue uno de los cinco pavos mayores del curso, del mes y del año. No tanto por la cara, y la tenía más que respetable, como por el cuajo destartalado. Circense. Como oso de zíngaros. Parado, áspero y a la espera, violentísimo, como tantos de los toros que se crían en escarpadura. Ha habido en San Isidro unos cuantos toros imposibles. O sea, de machetear, doblar, cuadrar, meter la espada y bajo la cifra siguiente. Uno de ellos, y tanto como el que más, fue ese cuarto de los cuatro toros que mató Saldívar en la feria. Saldívar tuvo el corazón de traérselo, no se sabe bien cómo, dos y hasta tres veces de delante adentro y atrás con la mano izquierda, como a la cadera y dando el pecho, imperturbablemente, gobernado el viaje pero arriesgando el todo. En el sentido técnico tan mortificante de José Tomás, por poner un ejemplo sencillo de entender. Esos muletazos imposibles son parte del flujo retomado del toreo de ida y vuelta, que es como debe en rigor llamarse a las dos tauromaquias cruzadas de España y México. Es como el mismo lenguaje. Que se enriqueció al ir y venir y al volver a hacerlo. El toreo es, por ser un código, un lenguaje. De modo que nadie se extrañe que en dos muletazos perdidos y casi descontados de Arturo Saldívar esté el José Tomás más raro o menos común. Lea el artículo completo en la revista APLAUSOS

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