Dos datos de San Isidro son ciertos: la aparición nada anecdótica de toreros mexicanos en el elenco y la desafortunada aportación de las ganaderías toristas. El dato primero es el relevante: tímidamente, pero se ha reanudado el lazo que trae y lleva, o traía y llevaba como péndulo flotante el toreo entre España y México, que son las dos patrias mayores del torear.
Torearon en San Isidro, y torearon bien tres matadores mexicanos de generaciones distintas. El más moderno y nuevo, el valiente Arturo Saldívar, que a corazón batido, indiscutibles el aguante y la firmeza, confirmó alternativa el 15 de mayo con una dispar y dislocada corrida de Cuvillo y fue doce días después llamado en repesca en la segunda sustitución de Curro Díaz. Para una corrida todavía más dispar que la de Cuvillo.
Del hierro de Las Ramblas. No la primera ni la segunda ni la tercera de las plantaciones o implantes de sangres de Salvador Domecq en la sierra torera de Albacete. El último de la corrida, a punto de cumplir los seis años del tope reglamentario, fue uno de los cinco pavos mayores del curso, del mes y del año. No tanto por la cara, y la tenía más que respetable, como por el cuajo destartalado. Circense. Como oso de zíngaros.
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