Una mujer enamorada insistirá siempre en las bondades del hombre a quien rinde ese culto. No importa qué tenga, cómo sea, incluso, tantas veces, no importa qué haga. Es amado. El amor es, ciertamente ciego, en el sentido que ve lo que desea ver. Insistirle a una mujer enamorada sobre las lagunas del hombre a quien ama es estéril, es de una inutilidad tan palmaria que hace menos inteligente a quien trata de revelarle que su hombre es un falsario o un maltratado que a la mujer que ama a ese hombre. Porque ella vive con su ceguera sentimental y quien la aconseja ha de elegir otro camino más sutil para desvelarle el fraude. Eso nos ha pasado.
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